15 de agosto de 2016

Modos de ver, John Berger

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20 de octubre de 2015

CRÓNICAS -He visto morir

He visto Morir…

Por Roberto Arlt

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía.

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
“..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…”
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”

Habla el Reo.

-Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!.
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
-Venda no.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
-Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
-¡Viva la anarquía!
-¡Fuego!

Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto.

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

-Está prohibido reírse.

-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

12 de agosto de 2015

RECURSOS-El peligro de una sola historia, de Chimamanda Adichie

Chimamanda Adichie, escritora nigeriana, narra cómo contar una sola historia de las cosas, un sólo punto de vista, una sola idea de una sociedad o personas, nos lleva a crear estereotipos de ellas que no reflejan la realidad e incluso pueden ser causantes de exclusión o marginación de ciertos grupos sociales. 

Para acceder, hacer click en el título.

22 de julio de 2015

CRONICA-Pollita en fuga

Para leer Pollita en fuga de Josefina Licitra haga clik

27 de noviembre de 2014

CRONICA ALUMNOS - El afuera está lleno de encierro

El afuera está lleno de encierro

Por Alida Dagnino Contini

Jony avanza a paso lento por la calle 3 del barrio Nueva York, de Berisso. Todos los días patea los adoquines viejos del lugar que lo vio crecer. Va a la escuela a la mañana, cuando le pinta. A la tarde se junta en la esquina con los pibes del barrio. Escuchan música, toman una gaseosa. Fuman porro y a veces cortan botellas de coca y se arman fernet o gancia. Jony va a un taller en Mansión Obrera, un centro cultural que queda justo en frente de su casa. Rara vez falta. Usa una gorra de Puma. A veces consigue unas changas, volantea por 10 pesos la hora. Cuando lo veo, lo saludo. No entiendo la relación entre su altura actual y el tiempo que pasó desde que lo conozco.
Lucas “el cabe” Carovatti camina por los largos y oscuros pasillos de Nuevo Dique, de pabellón en pabellón, celebrando el paseo. Tiene aires de grandeza, siente que hoy le ganó a la yuta: lo dejaron participar de uno de los talleres.
-          ¡Me bajaron! – celebra.
-          ¡Hace mucho que no venías, Lucas! –
-          ¿Sabés lo que me costó que me bajen? –
Hace poco lo visitaron los hermanos más chicos, que viven en Rosario. Le trajeron de regalo una gorra gris. De esas que se ajustan al tamaño de la cabeza, porque Lucas es bastante cabezón, de ahí su apodo. Los guardias a veces le ofrecen limpiar sus autos a cambio de una feta más de jamón en el sánguche de la cena. El trabajo allí es una puerta de acceso a algunos beneficios. 
El barrio Nueva York queda a unas pocas cuadras del centro de Berisso. Sin embargo, lo que se sabe de él lo aleja mucho más. “Ese barrio es peligroso”, “entrá si querés, salí si podés”, rumorean los berissenses. Hace unos años fue declarado ‘patrimonio histórico’. Históricamente fue dejado de lado, el olor a mierda termina alejando a los turistas que se acercan para sacar fotografías de la pobreza.
El complejo Abasto –donde está ubicado el Centro cerrado de detención Nuevo Dique- aparece en el mapa de la ciudad de La Plata a varios kilómetros del ‘cuadrado’, zona donde ocurre todo, la gran reliquia de los gobernantes. A una hora en cole se distancia del epicentro urbano, del quilombo, de los colectivos, de los ministerios y los maxi quioscos. Ubicado allí donde se deposita todo lo que se sale de la norma: lxs locxs, lxs chorrxs, lxs pobres. Tapado por unos portones grises y alambre de púa que anuncian la llegada allí con un cartel verde pintado con letras blancas: “Complejo Nueva Esperanza”. Los segundos previos a la entrada ensayamos unas palabras preliminares. Se abre la puertita gris y un gordo canoso saluda. Me pregunto cómo entrará por esa abertura diminuta.
-          Buenos días. Somos las del taller de comunicación -.
-          ¡Ah! ¡Son las chicas de periodismo! – grita el gordo desde la entrada.
Parece que atravesar muros disminuye la temperatura. Hace más frío del lado de adentro. El camino al aire libre –que ya huele a encierro- es corto. Enseguida aparece el edificio del instituto, con sus paredes pintadas de varios tonos de grises y blanco, que mantienen una calma desde lo estético y se camuflan con el deterioro a la vista. Paredes descascaradas, tres o cuatro goteras a la pasada y, a un costadito, una oficina administrativa con cientos de expedientes y legajos. Busco algún nombre conocido pero solo hay apellidos. Tres tipos sentados tomando mate, levantan la mirada y siguen charlando. El camino continúa: pasillo de por medio, aparece la puerta 1; luego de menos de un metro la puerta 2. Gigantes de hierro y polietileno en vez de vidrios (algunos pintados de blanco) que no tienen picaportes. Pues allí ninguna puerta los tiene. Los picaportes son las llaves de los guardias, así que aparecen fragmentos de acero asomados de sus bolsillos. Puerta 3 y salida al exterior nuevamente. Patio verde, tierra húmeda y un alambrado perimetral de más de 3 metros de alto. Dos puertas más –de alambre y metal- nos separan de lo que un cartel nombra como ‘servicio educativo’. Pronto está la entrada que es del tamaño de dos puertas –que no están puestas-. Adentro, cinco aulas esperan ser llenadas. Una de cada color: verde, amarilla, roja, azul y naranja. Dos baños chicos, una canilla rota. Un olor a meo terrible, papeles en el piso, paredes rotas y sucias. Un rayito de luz ingresa por un cuadrado que algunos denominarían ventana, yo agujerito. El aula que nos toca hoy está sucia, las mesas de la escuela hundidas. Una caja pegada a la pared con botones del manejo eléctrico del espacio, totalmente abierta. Justo en frente, una pequeña sala cerrada con candado. Me asomo: bibliotecas llenas de libros que parecen viejos.
-          Carovatti, ¡vos estás en el taller de adicciones! ¡Vení! -.
La calle Nueva York es la principal del barrio, ya nadie la llama por su número. El olor de las bolsas de basura rotas se mezcla con las aguas servidas que salen de los desechos de cada uno de los habitantes del barrio. El aroma hediondo que se impregna en los mamelucos de los trabajadores del puerto ya es reconocido por las fosas nasales de cualquiera transite el lugar asiduamente. Entre los adoquines nacen pequeños yuyos, víctimas de cada 214 que pasa una y otra vez, sin pasarse de las 20 horas, hora del toque de queda para los ajenos. Las casas de material son las más viejas. Llenas de grietas y hongos que compiten con las babosas por entrar a las viejas casonas que alojaban a los obreros del Swift y el Armour. Las más nuevas son de chapas. Chapas pintadas de varios colores para disimular la imposibilidad de una vivienda digna.
Lucas nos mira con cara desentendida, él siempre vino al taller de comunicación. Le explicamos al guardia, se queda pensando unos instantes.
-          Está bien, que se quede. Pero termina y lo busco -.
Al lado del aula del taller, hay otra que está enrejada. La reja tiene un candado y adentro hay un chico, a veces más. Una televisión grande colgada de la pared mira de arriba hacia abajo. Y desde abajo siempre hay alguien que la mira también, con la boca un poco abierta. Al costado izquierdo de la puerta hay un cartel: “Recreación”. Caminando unos metros más, aparece una mesa de ping pong. Tres, cuatro o cinco chicos se sorprenden de que pasemos por ahí, saludan.
            Jony es conocido en el barrio, pero cuando sale unas pocas cuadras de la Nueva York, la señora que espera el 214 se agarra la cartera. Seguramente el kiosquero de la esquina le repita dos veces que no, que no tiene esa marca de puchos que busca. Aunque sepa que su depósito está lleno de Marlboro. Tal vez, el chancho no lo deje subir al bondi, aunque vea que tiene la SUBE en la mano, dispuesto a pagar la fortuna para viajar 15 minutos. Jony usa gorrita y se mete el pantalón de Adidas en las medias, se siente re cool. Para la cana no es tan cool su forma de vestirse. Es más bien una señal de que algo puede pasar. Algo malo puede pasar. Jony agarra atajos para salir del barrio, ya sabe por dónde no pasar para que no lo pare la yuta puta.
Para salir de Nuevo Dique, hay un atajo. Por el costado de todo el instituto. Por donde se ven oficinas y cocinas con gente adentro. Por fuera y alrededor del área educativa, están los pabellones de detenidos, que parecen cajas de cemento enrejadas. Divididos por la arbitraria ‘conducta’ de lxs jóvenes que los habitan e imponentes desde donde se los mire. No hay nadie que nos abra. Esperamos uno, dos, tres minutos y entramos de nuevo a la primera oficina.
-          ¿Nos pueden abrir? -.
-          Va a tener que ser dentro de un rato, chicas. Ahora estamos comiendo. No creo que les moleste quedarse media hora más acá adentro, ¿no? – se empiezan a escuchar risas de los otros tres guardias.

De repente aparece una chica con las llaves, también se está riendo. Siento un escalofríos que me recorre toda la espalda. Pienso que para Lucas ese chiste es la realidad. Pienso que Jony está como Lucas, un poco más libre. Quizás el afuera no sea tan libre como pensamos. Quizás el afuera está lleno de encierro. 

15 de noviembre de 2014

CRONICA ALUMNOS- Ganó el 8


Ganó el 8
Por Santiago Codina

El servicio metereológico anunció: Nubosidad variable. Tiempo desmejorando. Probabilidad de chaparrones y tormentas aisladas. Algunos apostadores precavidos sostienen el paraguas bajo el brazo, como un objeto molesto de cargar pero que servirá en la vuelta a casa. Una apuesta a futuro. Otros en cambio, miran el cielo encapotado desde las tribunas con un aire de preocupación.
 Las carreras de caballos no están de moda, como sí lo están las máquinas tragamonedas en los lujosos bingos de alfombras rojas y sonidos electrónicos, con melodías de fantasía. La convocatoria ya no es lo que supo ser en los años dorados donde en las tribunas no había donde sentarse.

Tristeza. Los jockeys desfilan con caballos exaltados. Algunos tienen los ojos fuera de órbita y golpean la cabeza bruscamente con el aire. Los jinetes sonríen y saludan al escaso público que se acerca a la pista para ver con mejores ojos su caballo favorito, aquel que les alegrará la tarde nublada. Los animales caminan domados con una mezcla de molestia y violencia reprimida, se van a comer la pista. Arriba un hombre pequeño con chaqueta azul y roja y un casco de montar, se para sobre los estribos y sonríe mientras se menea al compás del caballo. Da la impresión que hombre-animal son uno solo, por la coordinación del movimientos al andar. Abajo, el purasangre es llevado a la fuerza cerca de la reja con cerco vivo, ahí donde los apostadores saludan con revistas enrolladas bajo el brazo, como un arrollado de dulce de leche, sin más relleno que números y nombres como Lucky Day o Rue Royal.
En la tribuna oficial hay una veintena de personas, cincuentones y bien vestidos. “Valor de la entrada a la tribuna oficial 5$” advierte un cartel impreso en hoja A4 pegado con cinta scotch en una de las columnas de entrada. Al ingresar, un guardia sentado al costado de una mesita de plástico se concentra en su revista de autodefinidos, no mira a quien entra sin pagar lo que dice el cartel. El hall es un lugar limpio, amplio, de grandes espejos con marcos de madera dura y varias filas de asientos de plaza. Ocho televisores de pantalla plana transmiten en vivo lo que sucede a unos metros. Aquí no hay mujeres, salvo las que venden los boletos de apuesta.

Campana de largada

Ancianos que apenas pueden caminar intentan trotar hacia la boletería. Otros, con unos años menos suben la escalera, hacia la pista para ver la carrera desde la tribuna. El resto se acomoda en los bancos de madera blancos y se frotan las manos o prenden un cigarrillo o charlan con su vecino apostador. En los escalones de cemento hay varias filas de asientos individuales de plástico, la gran mayoría vacíos. Los caballos no están de moda.
Desde la tribuna oficial se ve la tribuna “Padock”, que significa “lugar donde se exhiben o desfilan los animales”. Allí el panorama es bien distinto. En las gradas hay dos personas mayores. Por debajo, en el playón que lleva a la cercanía con los caballos una familia: padre, madre y cuatro hermanas. Él analiza una revista de apuestas, mientras la madre amamanta a la más pequeña o pequeño. Los bebés no parecen tener género los primeros meses de vida. Tres niñas de no menos de diez años corretean entre las baldosas flojas atrás de una pelota de tenis.

Suena una bachata de fondo

Adentro, atrás de la tribuna popular, la gente se agolpa frente a los televisores. No hay asientos como en la otra tribuna y los televisores son de tubo. Desde la puerta de entrada al hall no se ve ninguna mujer y el penetrante olor a pis recuerda los pasillos del sector visitante de la bombonera. Hay más gente adentro frente a las pantallas que en la tribuna.
La música desaparece repentinamente. En los altoparlantes oxidados se anuncia la largada.
Un instante de silencio, el viento intenso y el amenazante cielo gris toman protagonismo. Una voz se lo quita. El relato en su conjunto es indescifrable. Palabras sueltas como “toma la delantera” o “el número cinco” aparecen entre un ruido arrastrado e incentiva los gritos.
-¡Vamowalterviejonomá!, ¡Vamowalterviejonomá!- grita un cincuentón con la camisa desprendida mientras golpea su revista enrollada contra la reja.
Los caballos se acercan a la recta final, golpeados violentamente por sus jinetes. Se escucha el choque de los cascos contra la tierra, como tambores in crescendo. La ambulancia sigue la estampida por las dudas. El cincuentón grita, el padre del niño sin sexo se levanta y festeja, la madre se aleja protegiendo al bebé, un grupo de apostadores se queja, los dos solitarios hombres desde la tribuna se muestran eufóricos, los niños olvidan la pelota de tenis y enloquecen, las palomas revolotean, los caballos corren ciegos golpeados por rebenques, los tambores golpean cada vez más fuerte, el polvo en la pista se levanta, la voz del estadio sube cada vez más el tono y parece que el relator se queda sin aire. Cruzan el disco.

Ganó el 8

-¡El 11 lo quebraba! Reclama un hombre canoso.
-Aflojó al final-  le responde otro con anteojos de culo de botella
-¡Vos callate si no ves nada! Lo acusa levantando el brazo un tercero en discordia


Los ánimos se calman. Aparece nuevamente el viento. Los niños retoman su juego y la bachata vuelve a sonar. El padre entra a cobrar su premio mientras que los caballos se alejan ya sin galopar.

CRONICA ALUMNOS- La dimensión desconocida: luces, billetes y máquinas parlantes

La dimensión desconocida: luces, billetes y máquinas parlantes
Por Mirta Taboada

El remisero fuma la última pitada antes de subir al auto, y aplasta la colilla con la punta de la zapatilla. Cuando se sienta, el espejo retrovisor refleja sus ojos que miran hacia la izquierda, hacia el letrero que centellea con luces blancas.

 —A veces veo que a la mañana van las viejas a comprar el pan, entran y chau, se olvidaron de la panadería. Como en la dimensión desconocida, como si esa puerta de vidrio pesada llevara a una realidad paralela donde nunca se sabe cuando ni cómo se va a salir.

      Hay dos morochos grandes en la puerta. —Por favor, deje la mochila. (¿Las viejas dejarán la bolsa del pan también?) Ahora hay que atravesar un detector de metales. Que la suerte, y no la fuerza, los acompañe.  Un sonido repetitivo como la musiquita de los juegos del Family sale de todas las máquinas tragamonedas. Es un loop, un bucle infinito. Es el sonido de la nueva dimensión.

A las personas se les ilumina la cara por la pantalla. Una luz azulada les devela el gesto inmutable, concentrado. La máquina les habla con una voz femenina y ellos hablan con la máquina. Aunque casi todo esté en inglés, se entienden. Antes sus ojos ven desfilar diamantes, personajes de Playboy, animales exóticos, las pirámides de Egipto.

          La vista es el sentido esencial para manejarse: bolillas, ruletas electrónicas, premios con números de cinco cifras, luces de colores, carteles que muestran un plato con una milanesa y papas fritas, con colores de otro mundo.

En esta otra realidad el espacio se extiende más allá de sus límites. En lo alto de las paredes hay espejos que dan una sensación de que todo continúa, de que las máquinas pasan de ser 400 a 800. Hay escaleras que ascienden y descienden, hay portales que llevan a otros lugares.

París y El Cairo
A Paris se llega atravesando uno de esos portales. Es más chico de lo que se piensa, como una habitación. En sus paredes se pueden ver todas las vistas que hay que ver: desde la torre Eiffel hasta el jardín de Versailles. Incluso la alfombra desapareció, hay baldosas que simulan un empedrado, y mesitas como la de los cafés. Pero ni un gato maullando o un músico con un acordeón.

 En el centro del pequeño salón, hay una pantalla que muestra una carrera de caballos sobre arenas imaginarias y, frente a ella, filas con lugares de apuestas individuales. Un tipo con campera de River grita—¡Dale, morocho, dale, corré! Y otro con rasgos orientales mira concentrado su pantalla, con las zapatillas blancas salidas en el talón como si fueran chancletas y un billete de cincuenta listo para insertarlo en una ranura. 

En el primer piso está África: El Cairo. Para entrar hay que firmar una declaración jurada. La casa no se hace responsable por los daños que provoca en la salud la exposición al humo. Adentro, el aroma a shopping que está hasta en los baños se esfuma con una nube densa de humo que los mozos y mozas atraviesan como si no existiera. Una mujer rubia con un reloj de fantasía y uñas pintadas de rojo golpea el botón de apuestas de una máquina y tose. En la otra mano sostiene el cigarrillo; en el tablero está la caja ya casi vacía de Phillip Morris.

A este universo lo rigen sus propias normas: no sentarse en la máquina donde alguien acaba de ganar un premio importante. No detenerse a observar la jugada de otros. En la sala de bingo, comprar por lo menos dos cartones por persona. Si se lo gana, invitar a los compañeros de mesa una jugada. No hay castigo; nadie será condenado al ostracismo social por transgredirlas, pero son necesarias para formar parte del deber-ser de esa realidad. Para pertenecer, hay que jugar de acuerdo a sus reglas.

La forma del tiempo
En la realidad del entretenimiento no importa el tiempo. El tiempo está asociado al trabajo, y salvo los empleados con chalecos de diferentes colores que rotan cada ocho horas, no se entra a esta realidad para trabajar. Todo rota en un movimiento casi imperceptible. Las chicas que limpian el baño cada media hora, los mozos, los empleados de servicio, los que arreglan las roturas, los de seguridad.  

Los empleados deben estar atentos por si alguien los llama. Nunca por el nombre, salvo que se lo pregunten. Son anónimos que se definen por el color de la ropa. Toda una nueva organización social. Celeste para los mozos, amarillo para los que cambian billetes, blanco para los recepcionistas, rojo para los de limpieza, bordó para los que arreglan los desperfectos técnicos.

         Los hombres vestidos de negro, como guardianes de la dimensión desconocida, están apostados cerca del ascensor o caminando, con cables que parecen de teléfono fijo atrás de la oreja y un handy que de vez en cuando llevan a la boca.

El día y la noche son circulares. Cuando se sale de la puerta de vidrio, la realidad anterior golpea. El aire no acondicionado envuelve la cara y el sol cae en los ojos y ya no hay luz azulada. Quizás hay luna llena y la lluvia moja.

Una mujer sale de la dimensión desconocida y la puerta de vidrio se cierra sola detrás de ella. Cruza hacia la remisería que está enfrente, esquivando charcos.

—Se me hizo re tarde, mirá la hora que es, ¿tenés un auto?


El remisero apura el cigarrillo y lo aplasta con la punta del pie.

7 de noviembre de 2014

RECURSOS - Un puente hacia vos

Un puente hacia vos
Mirta Taboada

Escribimos para tender un puente hacia otro y mostrarle un mundo. Escribimos por necesidad, por deseo, porque hay un hecho significativo que no puede ser narrado de otra manera. Pero para escribir un cuento, un relato u otro género literario hay que trascender la capacidad mecánica y aprendida de hacer lindas oraciones con sujeto y predicado.



Para empezar hay un plan, aunque sólo sea una intención o un esbozo. Hay preguntas fundamentales. Escribir es un acto inseparable del pensamiento y la reflexión. ¿Sobre qué quiero escribir? ¿Cuál es mi intención con eso? ¿Cuál es la mejor manera de llevarlo a cabo? Poe ya lo escribió: nunca es el aura mágica que ilumina una trama original o una forma novedosa, irreverente de contar. La escritura es un músculo que se ejercita. Como manifiesta Juan Bosch, tiene una arquitectura delicada y tiene su técnica.

Se empieza con un tema, elección que más que imaginación requiere sensibilidad y agudeza. El tema puede hallarse en la superficie de lo cotidiano, allí donde no parece existir materia para la literatura. Esa superficie es sólo aparente y en aquello que nos rodea puede encontrarse profundidad, oscuridad, extrañamiento. La universalidad es el rasgo infaltable del tema. Aquello que interpele al lector en tanto otro igual a uno, inmerso y hacedor de la misma realidad compleja, con su humanidad.

El tema debe estar expresado en un hecho que trasmita mejor que otro un efecto o significado. Ya sea una estructura tradicional de comienzo, nudo y desenlace o una no convencional, la totalidad del texto debe centrarse en ese hecho significativo hasta el final. Las digresiones y los ejercicios de escritura autocomplacientes no harán más que crear eso que algunos llaman lector cansado o aburrido.

El lector
Antes que nada, un escritor es lector. Se aprende a escribir escribiendo y previo a eso, leyendo. De nuevo: no como una pedagogía escolar conductista enseña a leer, en la literalidad de la frase. Leer es un acto de comprensión y de reflexión. Nunca se lee (ni se escribe) una sola historia y nunca hay un tema, a la manera de una respuesta única frente a un concurso de preguntas y respuestas.

A partir el punto final resuena en la cabeza del lector un mundo, como un golpe de gong. Los sentidos nunca están pautados, se proponen; incluso surgen nuevos. El texto no es un producto acabado por la mano de quien lo escribió, sino que es algo abierto, inconcluso, a pesar de que tenga un final contundente y en apariencia cerrado. Es abierto en toda su estructura de materia significante.

Realidad y ficción

Hay una relación tensa entre verdad y ficción. Como advierte Juan José Saer, la ficción no es sinónimo de falsear la verdad sino un tratamiento distinto de ella, que busca mostrarla en su complejidad. La credibilidad y la verosimilitud son condiciones necesarias de todo texto ficcional. El pacto de lectura se basa en que el lector (y el escritor, primero) cree en esa historia, en esos personajes y en la forma en que está contada.

 En la escritura, se desafía y se desobedece la aclaración recurrente que aparece antes del inicio de una telenovela: “Los hechos y/o personajes del siguiente programas son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.” Un escrito con esa aclaración al principio, implicaría la muerte de ese texto, la disolución del pacto entre escritor y lector. Alguien que quiere escribir no debe caer en azares o coincidencias en el proceso de escritura. Un escritor busca, es un perseguidor de realidad, en sus distintas formas y colores, a través de la ficción.


Así no se escribe

No se escribe de una manera. Un hecho, una historia, un tema, pueden ser materia de ficciones diversas a través del tono, del punto de vista del narrador, del registro del lenguaje o de la focalización en determinados personajes. El uso de la primera persona no quiere decir que se tenga que escribir sobre la propia experiencia de manera literal, ni que uno mismo sea ese personaje. Así como la tercera nunca es un punto de vista objetivo, sino que asume puntos de vista a través del uso de diálogos, de adjetivos precisos y bien puestos y de las acciones que se elige narrar.

No todos los escritores estudiaron Filosofía y Letras, no todos son periodistas, no todos son ricos y famosos o escriben best-sellers. No se necesita una Underwood y un escritorio silencioso con una larga biblioteca empotrada, aunque los libros sean infaltables y el hábito de lectura se convierta en una necesidad que dura toda la vida.

Tampoco se requieren hechos extraordinarios, ambientes exóticos, hazañas de vida, muertes trágicas o ser un genio enloquecido o adicto para tener material literario. Así como existe una tensión, y no una oposición, entre ficción y verdad, la imaginación y la experiencia no son excluyentes una de la otra.  La vida de alguien no alcanza por sí misma para ser materia de ficción.

En el proceso de escritura, se toman diferentes experiencias, las propias y las de otros. No sólo se parte de hechos sino de sensaciones, emociones, expresiones de la subjetividad. La transformación puede operar a nivel psicológico y no sólo a nivel argumental.  Lo novedoso o exótico quizás sean parámetros noticiables pero no en la escritura.

Construir un mundo

Escribir es un acto de precisión y sensibilidad, es, a la manera de Raymond Carver, una forma singular de observar el mundo, la vida, lo que nos rodea, y tener la sensibilidad y la habilidad para convertirlo en un cuento, un relato o una novela. En el texto se hace palpable una forma única de ver y construir un mundo. Con la salvedad necesaria de que, como apunta Flannery O’Connor, “nuestras creencias serán la luz por la que habremos de mirar, pero no serán lo que se vea ni tampoco un sustituto del acto de mirar.”

La tensión y la intensidad no pueden faltar. Como se dijo, no están relacionadas a lo exótico, sino al ritmo del texto, que no es el ritmo de la escritura. El texto no debe ser como un largo viaje en colectivo en hora pico y en verano: aletargado, trabado, en ocasiones, con tumbos repentinos. La intensidad debe mantenerse en el texto, y la tensión debe dosificarse, no puede durar  por mucho tiempo sin quebrarse. Las acciones, como reconoce Bosch, son la sustancia de un cuento. Las frases  explicativas y valorativas  sobran, entorpecen y alejan al lector con la presencia invasiva de la voz del narrador.

          Ese gran escultor

El tiempo es una dimensión que marca la escritura desde afuera y adentro. El tiempo en que se narra la historia, el tiempo en donde sucede. Por otro lado, el tiempo en que escribe el escritor, su tiempo, su contexto. El tiempo que se tarda en escribir: a veces un cuento tarda más que una novela. Pero lo que más dura no es la escritura, sino la corrección, la edición.

Abelardo Castillo escribió que eso es todo lo que existe: borradores y no libros, y que un escritor es el que escribe el borrador más hermoso.  Es innegable volver una y otra vez sobre lo que se escribió, quizás de un tirón, es parte fundamental del trabajo de escritura.  “En el constante leer lo que escribió, uno encuentra lo que quiere escribir y en el constante leer lo que quiso escribir, encuentra lo que debe escribir”, apunta Pablo Ramos. Por eso la escritura es un trabajo artesanal, las palabras significan, tienen un peso y una palabra que sobre o que no sea la precisa puede arruinar un texto. Que un texto necesite correcciones no significa que fracase, sino que es que necesario pulirlo, modelarlo y tallarlo, como a una escultura.

Con todo, las luces rojas en la escritura no están para detener el camino y echar marcha atrás, sino para detenerse y seguir, con la actitud vigilante y los sentidos puestos en el texto. No sólo se crea con la vista y tampoco se escribe con las manos. No hay un manual: hay técnicas, hay consejos, modos y definiciones de quienes escriben y que reflexionan sobre el trabajo escritural.


Es también la lectura atenta, el tratar de sacar cómo hizo el autor que estamos leyendo. Experimentar, jugar, no tener miedo. Las palabras fueron inventadas por nosotros, no son una cosa dada. Antes de sentarse frente a la computadora, al cuaderno, la máquina de escribir —porque sentarse es un gran primer paso—hay que sacarse de encima la moralina, las buenas costumbres y los velos de la ignorancia. Y a escribir.

29 de septiembre de 2014

CUENTO- Le viste la cara a Dios, Gabriela Cabezón Cámara



Le viste la cara a Dios
Gabriela Cabezón Cámara

“Durante las cortas noches en las que nuestros
cuerpos se empeñaban en revivir -oscuramente,
con una esperanza tenaz y carnal que la razón
desmentía en cuanto había amanecido-.”
Jorge Semprún, La escritura o la vida.

I
Si el fin del torturador es provocar la presencia absoluta del que tiene atado para sojuzgarlo entero con laceración y dolor, el objetivo del torturado es tomarse el palo, irse de ahí, partir del cuerpo que pierde el aliento a manos de otro, amatambrado de sogas y en mazmorra sin salida: si a matasiete el matambre, a vos el resbalar en tu sangre y en los charcos de la leche que te ahoga y que te arde. Querés partir y dejar atrás la mazorca, el ardor colorado de sus dientes amarillos y tu esfínter hecho un volado de broderie de tomate, ay, si pudieras esfumarte en un abrazo celestial y no sentir las trompadas ni que te queman con fasos ni esa contracción que duele, la de cada célula tratando de blindarte para que no te entren ni arando. Pero te entran y te aran y te querés ir a la mierda: dejar el cuerpo escorado, dejar el hueso partido, dejar la sangre que late en cada hematoma nuevo y olvidar las convulsiones que te sacuden también. Escuchá la armonía cósmica, el canto de las estrellas, la luz blanca que te llama en la puerta de salida del más, más y más allá, las antípodas de acá, desde donde oís la voz que, suave, te llama «vení hija mía», después de decir tu nombre, olvidá el «Beya durmiente» que te pusieron acá, en este antro nauseabundo el día que siguió a la noche en que te ataron las manos y después te recogieron para enseñarte el laburo. Te enguascaron, te domaron, te peinaron para adentro y te hicieron el ablande: ahí aprendiste a los gritos nuevo nombre y apellido y te hicieron pura carne a fuerza de golpe y pija y así empezaste a saber que en el centro de ese antro lo que sos iba a ser muerto como restos de un puchero arrojados en la calle y el nombre de cada cosa enfermo de podredumbre desde el suelo del bautismo que te dieron el Rata Cuervo y sus amigos, los rufianes del Sabor, el puticlub de Lanús donde conociste a Dios. Si te dejaran pensar en algo más que el final de esa paliza continua, pensarías que la tortura tiene diccionario propio: te arrancaron tus palabras y te metieron las de ellos, tan dolorosas y sucias como el mar de miembros punzantes que te sacuden ahora como a un barquito un tsunami, pero no pensás, sólo ansiás esa voz dulce y dejar atrás la poronga que te barrena la concha, tan lastimada ya que sentís esa fricción como se siente un bulldozer desalojando un terreno: crujen los ranchos y carros y se fisuran los huesos de las madres y los padres, de los hijos, de los primos, de los vecinos solteros y de los perros, los gatos y caballos muertos de hambre.

Querés irte. Bien que hacés, así es todo torturado: querés un alma que pueda vivir tu vida en las alturas, querés fuga y bilocación, un espíritu que sepa estar en otro lugar, muy lejos más sin morirte, vos querés desdoblamiento cual místico en viaje astral y cantar como San Juan la noche oscura del alma, «Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el amado, cesó todo, y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado», y si él escribió azucenas no es que fuera un pelotudo, es que escapaba de un claustro y una ortodoxia caretas y por aburridas que fueran se parecían más a flores que tu camilla de puta de puterío bonaerense. Ya habrá una flor para vos, vas a ver que no te miento, pero además de un alma vas a querer a un Dios, porque todo torturado quiere como San Juan ir con Él, el amado, en un trance espiritual, ya que no hay cuerpo que pueda con la tortura constante: querés el milagro, la transubstanciación ahora, para que coman y beban de tu cuerpo como te comen y beben, pero si hay que ser banquete, que tu cuerpo sea una hostia, una muñeca, una estampa, cualquier cosa menos vos, porque estas hienas carroñeras con sus garras y colmillos te lastran en fiesta eterna dejándote casi cadáver.

Fiat alma y listo, está hecha, y ahí lo tenés a Dios padre todopoderoso y te lo armás con lo poco que aprendiste en catecismo y con las cosas bonitas que te acordás de tus viejos, te unís a Dios, el amado, aunque si Él fuera, sería la causa motora de cadenas y trompadas y de cada violación, pero estos no son trances para hacer filosofía y aún si tuvieras cabeza para algo más que sufrir, aun así, hoy lo querrías a tu Dios con síndrome de Estocolmo y qué sería del síndrome sin su padre o sin su madre, no se sabe, eso no lo sabe nadie: Estocolmo empieza en casa y si no hubo madre o padre, habrá habido algún tutor, adoptante o encargado que cumpliera esas funciones y no parece nada hoy, pero la tortura lleva a la primera trompada, la del origen te digo, el síndrome del origen. Te explico para que sepas que infantiliza y aniña y se conoce o se vuelve a ese primer baño sueco, el del chico re apaleado por quien le da de comer, el que lo lleva a colegio y si hace frío le pone una frazada en la cama, y es lo que querés ahora: que te extiendan la frazada y pensar que a la mañana te llevarán a la escuela. Pero no, no way José: la paliza es lo que aniña. La droga del cafishio aniña. La caricia del cafishio y las sogas del cafishio aniñan y así estás vos, como una nena que duerme para que la paliza pase, pero no sos una nena y bien sabés que mañana no va a venir tu papá con tostadas con manteca ni leche con chocolate, eso sí sabés que no, que no lo hace ni el Dios al que le rezás día y noche con lo que te queda sano del seso medio hecho mierda por hemorragias internas, le rezás como una nena porque no te queda otra y le pedís a tu Dios «como el niño que recibe el castigo de su padre y en medio del sufrimiento tiende los brazos hacia él para buscar el consuelo. Y, abrazado a su padre, se intensifica el dolor» y si le rezás a Dios sin pensar que bien sabrá lo que te están reventando y no le alcanza padre nuestro para mandarte un milagro es porque al rufián mandamás, alias Cuervo, Trueno y Rata, vos no querés abrazarlo cuando te acaricia después de golpearte y usarte de cenicero para apagarse el cigarro, eso no, no va a pasar, vos no lo vas a querer a ese cafishio asesino: te encomendás a Jehová y odiás a ese hijo de puta que te está cogiendo a palos por hacerte la boluda, mogólica Beya durmiente, dice y grita y te pega fuerte, ya vas a ver, puta tonta, acá dormís si yo digo, aúlla y pega más fuerte, furioso como un tirano porque te quedás dormida hasta cuando estás parada y cogida y bien cagada a piñas porque ese es tu modo de ser la torturada que vuela y dice que él te va a enseñar a estar despierta putita y se sacude con saña encaramado a tu ojete garchándote con un pico, cava a los golpes, rompe, desgarra, mezcla sangre y mierda y cuando se ve los huevos color rojo amarronados, dice que ya está y le da paso a la vieja bruja Medina, que te inyecta merca, Beya, y te trae de regreso como si con la mano y con un solo tirón te colgara de la red de venas, vasos y arterias y te tuviera agarrada como a una marioneta para tupacamarizarte con su potro de tormento desde el mismo corazón, vos sabés lo que te digo, a la bruja hija de puta le encantaría si se le ocurriera cómo hacerlo sin matarte, no te mata porque sos su hacienda y le rendís viva, le rinde tu kilo en pie o mejor dicho en cuatro patas y eso tiene desventajas aunque ella fanfarronea con sus amigos diciendo que sus putas rinden más que las vacas del estanciero más poronga de sus clientes. Le gustaría matarte si no le gustara más hacer guita con tu carne, pero ay, si no fuera así, como gozaría ella metiendo sus propios dedos y hundiendo sus propias uñas en tu pobre corazón y algo así hace con la frula, te estrola, te avería más, te bardea hasta la pobre alma que te inventaste para irte a los brazos del buen Dios. La blanca te agita mal sacudiéndote la sangre y apretándote las venas, la sentís como si cien terroristas suicidas te hubieran boqueteado el orto y se fueran estallando en cada órgano de tu cuerpo hasta que te lo transforman en un envase abollado, un tanque de acero vacío donde lo único vivo parece ser la red de nervios ardiéndote en un aullido y ese corazón rompiéndose, con sus díastoles y sístoles de bombardeo japonés y sus saltos desquiciados de taquicardia cebada, así te trae de vuelta a la escena de tortura esa bruja chupapijas reciclada en regenta hija de puta y te multiplica por mil a las penas que te infligen, como el Cristo con el vino en las bodas de Canaán, con cada latido merqueado te hace volver al horror, pero no es el mismo, muta, porque es un monstruo que cambia, como un transformer del mal, bien que lo saben el Rata y la vieja mal parida que aprendieron con su cuerpo que cualquiera se acostumbra a cualquier mierda constante: ellos están ahí todo el día.

Lo que permanece igual termina siendo un hogar, hasta en Hiroshima habrá habido quien se quedara viviendo una vez que pasó el calor de la explosión de los yanquis, en la misma radiación de después del estallido habrá lo que siga viviendo aunque sea con dos cabezas, tres piernas o, Dios no quieras, tres porongas o diez conchas, pero sin irme tan lejos, lo que quería decirte es que también se vive ahí, donde ni un yuyo se yergue: de un golpe te estalla el tímpano y ni siquiera sentís ese moco amarillento que te baja de la oreja porque te merma el estruendo y nunca más escuchás medio carajo de nada: te queda un oído solo y un silencio en la mitad de la cabeza aporreada, mejor, no querés oír más el quilombo de la cumbia noche tras noche de infierno y acá no te va a servir todo el piano que aprendiste de mano de mamá en tu infancia de nenita de clase media de pueblo. Serás Houdini o Kill Bill o si no no serás nada, porque el degüello se viene poco más tarde o temprano, cuando no les des más guita, pero lo que importa ahora, y lo digo por tu bien, es que te siguen queriendo por todos tus quilos vivos de carne suave y latiente y ahí te podés parar para irte con alma y cuerpo de ese matadero infecto, como bien puede encontrar un punto de apoyo el pie al borde de un precipicio, porque todo es relativo y lo sabés sin pensar, cuando te aliviás hundida en pura mierda porque creíste sentir piedra en la planta del pie y vos también te volvés medio transformer, ay, Beya: estás verde, te creés un cactus, te delirás aloe vera, te guardás la savia de odio en tu carne tumefacta, sentís crecer las espinas que alejarán a los dientes de los chacales cagados de esas arenas del orto, le das tus hojas al sol que te abrasa como el fuego a los injustos en el juicio del Señor y te aferrás con los pies como raíces de planta de médano en el Sahara en un esfuerzo botánico, de voluntad vegetal que no mide viento ni ingravidez del suelo porque cayó donde pudo y la caída en la tierra es un hecho irreversible en la vida vegetal.

La merca te hace volver como si fueras un disco en las manos de discóbolo: el alivio del momento en que quedás congelada atrás del cuerpo potente se quiebra con el envión que te estrella, con un solo movimiento, contra la pared más dura, la merca es en la cabeza hasta que deja de ser y ahí sí que van a doler cuerpo y alma y no habrá pies, todo es paliza y paliza y el dolor multiplicado y todo vuelve a girar, te desayunan con whisky en el puticlub de mierda, porque la tortura ahí adentro no termina ni se acaba como no se acaba nunca la cosecha de mujeres y eso te lo hacen saber, no te vayas a olvidar, que ellos te pueden pasar a degüello como a un chancho y filetearte después como si fueras jamón. Súbitamente entendés que mejor hacés creer que ya estás muerta y entregada como novia al Cuervo Rata, no sabés cómo sabés porque no estabas ahí cuando te dieron la clase, el cuerpo aprende solito aunque el alma esté en los brazos de Dios o la Virgen Santa entre los arrobadores coros de los entes celestiales, y tu pobre cuerpo, Beya, se encuentra sabiendo posta, con certeza iluminada, que lo mejor es fingir y sofisticás la ausencia. Ya no te dormís parada, estás lista para un óscar por tu representación de víctima seducida. Les pedís perdón a todos, al Cuervo Rata, a Medina, les decís que merecés que te caguen bien a palos, le jurás amor al Rata, le rogás por más paliza, decís que lo harás famoso porque le das a los tipos los polvos más memorables de toda la zona sur y al final pedís más clientes porque quiero darte más papá, pedís golpes y castigos y pedís parirle mil hijos para que pueda venderlos en el mercado ilegal, te via llenar de chinitos si me metés esa verga hasta llenarme de guasca como si fueras el toro con las mayores cucardas de este año en la Rural y yo cada una de las vacas que se tiene que montar tu destino semental para darle mayor gloria a nuestro ser nacional. También le pedís más whisky, si se puede llamar whisky al veneno que te dan, y cuando te meten merca tratás de que se te quede alojada en la nariz y te la soplás con los mocos el minuto que te dejan quedarte sola en el baño.

Hacés arte de tu ausencia: aprendés a aparentar que estás ahí toda entera, contraés y dilatás la concha a ritmo de orgasmo y es con esa succión que acelerás la mecánica del polvo de los cretinos que te horadan como si fueras una huerta en tierra dura y ellos arando afilado, como si te sembraran soja, como si lo que quisieran fuera sacarte petróleo oro, a veces fallás, gritás porque te duele o para que no te duela, para prevenir el golpe, pero un grito fuera de tempo en el antro no molesta ahí no se lleva el compás, ahí nomás se calientan con alaridos al fuego y vos ya lo sabés bien aunque no te des cuenta cómo porque apenas si lográs pasar de un momento a otro en base a una combustión lenta hecha de leche, de palo, de merca y whisky, no te acordás cómo fue pero sabés y gritás y les pedís más y a veces te sorprendés un poquitito habituada: durante algunas semanas apenas te lamentás porque te tocó ser puta en la puta era del viagra, siempre pueden, quieren más y te maceran la carne a fuerza de garrote y guasca como si te estuvieran preparando para meterte en el horno y comerte una vez reblandecida, como si fueras un corte de nalga de buey bien viejo y ellos fueran una maza que te vuelve de ternera, pero resistís, estás violeta, azul, un poco verde, con marcas de mil mordidas y con tajos de uñas duras y con el orto y la concha ya casi deshilachados como si fueran el tronco que usa un puma de montaña para afilarse las garras, así y todo todavía estás con la táctica que aprendiste en el abrazo de Dios que si bien no fue mujer algo aprendió del dolor claveteado en los dos palos hasta morir asfixiado. No hacés lo mismo que Él, no se puede pedir tanto, lo que podés es cuidar a tu odio como si fuera un bebé recién nacido o un jardín muy florecido en el medio del desierto. Es que esto no hay que olvidarlo: en la peor de las mazmorras se puede amar al que pega y eso es peor que darle el propio espíritu al diablo. La línea que hay entre actuar y hacerse parte es finita, ambigua, jodida y hacerse parte es lo mismo que estar muerta estando viva: mejor cultivás el odio cual orquídea delicada, le das la teta al bebé que inventaste a latigazos y que tiene ojos amarillos como las infecciones que sufrís en medio cuerpo y que lleva en las mejillas esas llagas purulentas que te parten de dolor cada vez que trabajás, y trabajás demasiado. Te hace acordar el nonato a la saga Pesadilla y jurás ser Freddy Kruger y si te gusta el bebé es porque sabés muy bien cuánto se parece a vos porque el monstruito está hecho de todo lo que te duele y cuando llegue a su término la asquerosa gestación, te van a nacer diez púas en las puntas de los dedos. En eso pensás ahora: en púas, en facas, caños, en todos los fierros pesados que viste en tus años de vida y sobre todo soñás con la automática halcón del oficial bonaerense que viene todos los viernes a cogerte por el orto y dice te gusta putita, es lindo, mientras te aplasta con sus ciento veintidós kilos de grasa hirviendo montados arriba tuyo en pose de perro idiota y te asfixia con el ácido que emana como un cadáver y que se te pega al cuerpo como bomba de napalm, porque suda y suda el cana y si pensás en el gordo pata negra es para acordarte bien que podés irte muy lejos si lográs estar despierta a pesar de los venenos. La única puerta es el odio y no tenés otra leña para echarle a la fogata que los mismos latigazos que te desmayan a diario, pero seguís, el odio te mantiene viva. Y los brazos de tu Señor, que después de todo es el mismo que creó la bestial Ley del Talión.

Estás escondida ahí, en el jardín de tu odio, y según pasan los días crece la planta feroz y fingís estar a gusto como lo haría una reina en un mitín de mineros y aunque acá son zorros viejos te creen cada vez más. Empieza el Rata cafishio a alternar sus muchas piñas con algunos regalitos y vos te caés a sus pies como novia enamorada y aprovechás y almorzás carne de vaca de veras: sabés que necesitás hierro para agarrar bien el fierro, como te enseñó tu padre en el Tiro Federal. Comés bifes y hasta postre y cuando terminás el flan que te ganaste arrastrándote a los pies del Rata Cuervo, te metés en un rincón hecha un bollo cual gato enfermo, como si pudieras así construir más mismidad, la que quisieron quitarte a palazos y a pijazos. Ya no preguntás por qué te pasa esta mierda a vos, que estudiabas, trabajabas y hacías voluntariado en el hospital de niños del barrio de las afueras: escapar es más urgente que ahondar en la metafísica porque si no te escapás te vas a transformar en zombie como son tus compañeras que parecen muertas vivas con sus lentes de contacto de colores fluorescentes y con la merca en la venas y llenas de lastimaduras en la carne que no sienten.

No te vas a acordar de esto, pero te los cogés a todos. Les mentís el entusiasmo y tratás de subirte arriba que desde ahí duele menos pero así te transan pocos. La cuestión es que te garchan el Cuervo Rata y amigos, más el juez, los policías, el cerdo gobernador y muchos clientes civiles van pasando de a uno en fondo. A veces te la dan de a dos, pero por suerte ya no la patota entera, el límite lo puso el Rata desde que creyó en tu amor. Uno te acaba en la boca y el otro te rompe el orto. Empujándote los dos como para dejarte chata, como hacías vos cuando nena, que ponías moneditas sobre las vías del tren, te fornican y te aplastan para que no te quede más ninguna interioridad, hasta hacerte reventar cualquier burbuja de vos que te pudieras guardar, hasta dejarte hecha sólo carne calentita y plañidera.

Pero, Beya, esa leche que te arde como picana se la das a tu cachorro y a tu flor y te crece fuerte esa burbuja de vos, porque, y ahora tenés la certeza, el odio puede habitarse, como se habitan también la adicción y la paliza cuando no hay más techo que ésos. Pero necesitás tener fuerza y no siempre la tenés, querrías irte de vos, darte al cafishio de veras o dejarte morir adentro de tu cama de sábanas almidonadas por asquerosas simientes y pasar a ser sólo cuerpo, sólo vida lastimada como un musulmán en Auschwitz.

Pero no podés, no te dejan, el puticlub no te quiere ni momia ni musulmán, necesita que conserves músculo entre hueso y piel, que puedas fingir orgasmos y contestar si te hablan, que sepas decir pijadura, más, que grande que la tenés y sonreír y gritar.


II
Presa sin saber dónde y sin ver la luz del sol, casi ciega, casi sorda y casi descerebrada sos el centro de atracción, la puta más cara del antro y retemblás con pavor como la tierra partida en casos de terremoto, pero este, el de tus entrañas, no tiene nunca un final sino descansos escasos que usás para auto-ovillarte y cantar tus oraciones como mantras, las elegiste por algo pero ya no importa más que el ritmo que les ponés, como de canción de cuna cantada por un bebé que se duerme solo. El ovillo, que es la posición fetal, es la postura adecuada para los deshilachados: se toma cada hilo de ser y se junta con los otros: por eso se ovillan las putas y se acurrucan los chicos después de que les pegaron y por eso no permiten en los campos de tortura, con cadenas en muñecas y tobillos, que se abracen a sí mimos los pobres despojos humanos que hacen de los reclusos.

Igual ya casi no sufrís: lo ves todo muy de arriba, ahí está tu cama, ahí tu cuerpo abajo de otro, ahí tu garganta aullando, ahí abajo y desde ahí o más bien desde allá arriba, lo único que te une a vos es una línea de plata, hecha de una lucecita débil, algo así como un cordón umbilical evanescente que apenas brilla, una promesa, un puente, como aquello que, vos creés, puso Dios para tengas la certeza iluminada de que alguna vez serás nuevamente soberana de vos misma: voy a ser dueña de mí, te prometés, y le rezás a San Jorge: «Oh, poderoso San Jorge, oh guerrero noble y bueno, dale una mano a tu sierva y ganame esta batalla. Defensor de las causas justas, matador del dragón rojo, dame tu espada implacable, mandame diez mil soldados y aplastá a mis enemigos que son fuerza de Satán. Oh, luchador del bien, que sea el brillo de tu espada la luz que corte lo oscuro del puticlub de Lanús. General de mil batallas, ahora te estoy invocando. Hasta la victoria siempre. Amén.»

No sabremos si es milagro. Pero rezás y rezás y a veces te escucha un cliente. En general se calientan porque se sienten guerreros que están violando a una monja, algunos te dejan seguir y otros te dan dos bifes así aprendés a callarte. Pero hoy le rezás a San Jorge y te escucha el teniente López, que está, y por eso sabés que es viernes, aplastándote contra el colchón como si fuera a alisarte para después enmarcarte cual cuadro en una pared, el teniente te lamina cada vez que te fornica, pero esta vez te escucha, para, se sale, se acuesta el costado tuyo y te muestra la medallita que lleva prendida al cuello. Es San Jorge que desde el caballo le mete lanza a un dragón que se desmaya a sus pies, a las patas del caballo para hablar con precisión. Te mira a los ojos el cana y te ponés a llorar y empieza a rezar con vos. Trepa otra vez a tu espalda y desde ahí te cuenta bajito que esa medalla se la dio en su lecho agonizante su pobre y buena mamá que antes rezaba por él para que no ligara tiros en ningún operativo y que le dejó al santo para que lo cuidara bien en cada paso que diera en su deber de oficial. Y vos le decís que también necesitás de cuidado y que extrañás a tu vieja. El te dice que don’t worry, que San Jorge te acompaña y que de ahora en más también el oficial bonaerense Ramón López Arancibia. Y no dijo nada más. Y terminó despacito. Y esa vez vos lo quisiste y te quedaste ahí abajo y el gordo se transformó en un oso de peluche y en refugio de montaña en medio de la nevada. El teniente se dio cuenta y, sorpresas te da la vida, se sintió muy conmovido.

Antes de irse sacó de adentro de la visera de su gorra de oficial una estampita en colores del mariscal celestial ensartando a la bestia negra y te la puso en la mano, que cerraste, con santo adentro, y enseguida te ovillaste, ahora mucho menos frágil porque tenés cosas tuyas: además de Dios y el odio, la flor y el bebé imaginarios, sumaste a tu patrimonio la figurita en el puño y la promesa que viste en los ojos de Ramón.

Y fue pertrechada así que desde de la podredumbre del puticlub de Lanús viste la cara de Dios. Se la viste bien de frente y por eso podés contar que la tiene blanca y radiante. Pero no como una novia. Ni como una heladera nueva, ni como la cocaína, ni como tu vestido de quince, ni como los litros de leche que tragás cada jornada, ni como el blanco del ojo, ni como un glaciar gigante, ni como la espuma que eriza a los mares de la tierra, ni como los fantasmas, ni como la nieve eterna en las cimas más alzadas, ni como las fotos de los días luminosos en la Antártida, ni siquiera como los ríos Don y Chir durante el invierno del 43 en Stalingrado. La cara de Dios es blanca y radiante como ninguna otra cosa, como la suma de todas las cosas buenas de la vida: refulge como refulgen los instantes de felicidad o como refulgirían, cómo, si se los supiera eternos, como un abrazo perfecto que salva de todo mal, como el sol de la playa en enero cuando eras una nena, como la justicia justa, como los rayos que atravesaban las persianas de tu cuarto a la mañana, como lograr entender lo que es arduo de entender, como la cerca que Tom Sawyer le hizo pintar a sus amigos en el primer libro que leíste entero, como la bala que soñás para el cafishio, como esta inspiración larga que te está cantando, como la primera mordida que le dabas a las tortas que te hacía tu mamá cuando llovía eninvierno, como poder, como poder lo que quieras, como jugar en el jardín de la casa de tu mejor amiga, como las bolsas de nylon negro que les pensás dejar de vestidito a tus clientes, como la primera vez que te acostaste con un chico y te gustó tanto que sentiste amor, como aplastar a los malos y sentir cómo les crujen los huesos y les rechinan los dientes, como el primer faso, como los bailes con sus luces de colores, como cuando te salió el vals de Strauss entero sin errores en el piano, como bailar ese vals con tu papá, como el fuego para los infieles en el infierno, como los paseos en barco entre las islas, como el cansancio de después de las clases de karate, como andar en bicicleta, como las clases de griego que estabas empezando a tomar en la facultad justo cuando te cazaron, Beya, desfila tu vida en fotos hechas de la luz de tu cabeza, pero hay una que no ves, es la de tu cacería, a esa la dejás pasar, no puede ser parte de la cara de Dios, como no pueden ser parte las cosas que hace tu cuerpo ahí abajo, lo ves desde tan arriba, lo ves chiquito y de cualquier modo es horrible, aun desde esa luz tan lejana, «¡más qué tranquilas yacen todas las cosas en la luz!, ¡con qué libertad se respira!, ¡cuántas cosas sentimos debajo de nosotros!» pensás con palabras de otro, pero quién piensa ahí arriba con palabras de este mundo y a quién carajo le importa quién fue el autor de la cita, no importa ahora, estás viéndole la cara a Dios y cuando mirás para abajo el horror te deja fría, no sentís nada y eso que ves ahí abajo no puede ser la cara de Dios, aunque por algo habrá escrito el profeta Malaquías: «¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién es el que podrá mantenerse en pie en su epifanía?», porque no lo sabés hoy pero te vas a enterar de que lo que te está pasando es como una epifanía y que cosas parecidas le pasan a mucha gente, los que pueden contar algún borde de la muerte que vieron y no cruzaron. Después sabrás también que lo que te pasó ese día de la larga epifanía tiene su explicación científica: se debería, dicen algunos bioquímicos, a un aumento del dióxido de carbono que tenemos en la sangre cuando sucede un paro cardiorespiratorio y dicen que Dios con eso no tiene nada que ver. Qué pedazo de boludos, vas a pensar cuando leas la explicación en un diario: cómo si la cantidad en sangre de dióxido de carbono fuera inmanejable para el que creó la luz, la tierra y el agua y los bichos que caminan, y también el asador donde van a parar todos. Pero falta mucho para eso, todavía estás ahí arriba y ves lo que pasa abajo como si vieras la tele. Se fue Ramón, te ovillaste con San Jorge bien agarrado en tu puño y te quedaste ahí respirando hondo, hasta que vino el Rata Cuervo y te pegó un sacudón y te llevó a la otra pieza, la más mazmorra de todas, la de las que se portan mal, la celda de los castigos, y viste a la pobre piba que se había querido escapar y no tuvo mejor idea que pedirle ayuda al juez. Le dijo que estaba presa, que no quería estar ahí, que la tenían secuestrada y que seguro su madre la buscaría en todas partes, que por favor la sacara. El juez lo sabía muy bien, recibía un diego al mes y además todos los polvos que quería sin pagar una moneda, así que acabó y se fue a hablar con el Rata Cuervo para ordenarle que pusiera a la pendeja en su lugar. El Rata Cuervo la puso.

Y vos lo veías todo mientras te mecía la música del ejército de Dios, con sus alas blancas y sus trompetas doradas, sus caballos voladores y sus espadas plateadas, sus pelos largos dorados y sus pechos invencibles y sus voces varoniles como coros gregorianos, pero la viste a la chica con tus ojos terrenales echada sobre la cama como un puñado de carne picada en una bandeja de Coto. Tenía un ojo a un costado. El cráneo un poco partido. Las dos piernas fracturadas y en posiciones absurdas. Y tajos en todo el cuerpo porque le habían dado entre diez y le hicieron los agujeros para hacerlo todos juntos y a la vez. La chica parecía muerta. Vos viste que respiraba. El Rata Cuervo hijo de puta te puso el caño en la mano y te gritó que tiraras. Vos no escuchabas más nada que la música del cielo pero entendiste muy bien lo que el tipo te pedía y ahí apretaste el gatillo y le volaste lo poco que le quedaba de cráneo a la chica hecha hamburguesa.

Dejaste caer el revólver y te volviste a tu cama y lo agarraste a San Jorge, lo habías dejado escondido abajo de tu colchón, y te volviste a ovillar, todo lo viste de arriba, incluyendo la ascensión del alma que vos mandaste de un tiro a la mesa principal del banquete de los justos del Señor y también la viste sentarse como princesa a la diestra del cordero que estaba «como inmolado, y tenía siete cuernos, y siete ojos»: para cordero era raro, de manso no tenía un carajo, echaba ferocidad por cada uno de los ojos por no mencionar los cuernos, pero quién iba a esperar que en el reino del Señor las cosas fueran igual que el mundo terrenal. Ahí arriba el mismo Cristo tiene ojos como la llama de un fuego y los pies como de bronce bruñido y refulgentes como un horno y el estruendo de muchas aguas en la voz y siete estrellas en la diestra y le sale de la boca un espadón de dos filos. Era temible el Señor pero no te daba miedo. Miedo te dio el Rata Cuervo cuando se metió en tu pieza y te dijo que te quería y que habías pasado la prueba y ya eras parte de la banda y te invitó a comer un asado en el patio del quilombo.


III
Después de meses sin ver más cielo que un techo deteriorado, después de haber hecho spray con el seso de la chica en la pared, después de ser solo puta más de quince horas por día en el menú del burdel, la mesa tan amigable, el vino, el pan y la carne y volver a ver las estrellas no fueron felicidad. Los chistes en la comida, que te ofrezcan una silla y que te pasen la sal te hicieron sentir un monstruo y entendiste lo que viste en los cielos del Señor. El choripán lo comiste con una espada en la boca, viste las nubes pasar con siete ojos en la cara, las moscas y los mosquitos que se posaron en tus siete cuernos filosos se cayeron todos cortados en dos, te empezó a patear el crío que imaginabas gestar y vomitaste con furia las papas fritas doradas que te quiso hacer tragar, como una forma de amor, el cafishio mandamás que se llamó tu marido y estaba muy enternecido y te dejó que durmieras un día entero con su noche y después te prometió cambiarte las condiciones: de ahí en más trabajarías solo ocho horas con los clientes. Y te empezaste a mover un poco más por el antro, y así fue que te enteraste de dónde estaba la puerta. Tuviste mucho más tiempo para ovillarte tranquila. Comiste más y dormiste muchas horas. Te hiciste fuerte y monstruosa: además de los siete ojos, los siete cuernos y la espada de la boca, te crecieron las diez facas en las puntas de los dedos, alumbraste a tu bebé que fue un dragón con diez cráneos y siete cuernos de extraña distribución y se afilaba las garras y hacía gárgaras de pólvora de la mañana a la noche incluso cuando dormías el monstruito se entrenaba para estar listo a la hora de las hogueras del juicio. Los dos se sentaban juntos a mirar la orquídea negra largar sus gotas de sangre como si le cayera encima el rocío de la muerte y eran gotas y no lágrimas porque no hay nada que llorar cuando la muerte es justicia. Además, con el Rata Cuervo seguro de que te tenía bien atada con los lazos más estrechos, los de la complicidad, tu vida fue mucho más fácil: lo pudiste convencer de que te dejara pasar a la sección sadomaso y cagaste a latigazos a cientos de hijos de puta cada noche de esos meses y te volviste a entrenar con la excusa de estar fuerte para ejercer tus funciones y te dejaron en paz. Al único que atendías sin el látigo en la mano era a López Arancibia que se te fue enamorando.

Y se enamoró nomás. No te dijo como Kruz dijo al guacho Martín Fierro: «El andar uniformado/ ningún mérito me quita./ Yo no soy de la Maldita,/ me duelen los male ajeno» ni se puso al lado tuyo a pinchar a todo lo que se viniera, pero te dijo en la oreja que te quedaba en funciones que él te iba a estar esperando cada día de su vida a las cinco de la tarde adentro de la parroquia de San Jorge en Espeleta, Lanús, y que te estaba dejando un regalito en tu pieza. Le diste el beso en la boca que no le dabas a nadie sin entender demasiado y cuando entendiste un poco empezaste a mirar bien y entonces le viste entera toda la cara a tu Dios. También nació en Israel, está toda hecha chapa de acero estampado y te cupo en el mismo puño en que tenías a San Jorge y debe haber sido él mismo el que supo aprovechar esa otra parte de Dios, Él que si todo creó también inventó la muerte y lo tuyo fue un festival de fuegos artificiales como habrá sido Pekín el día que coronó Mao y como va a ser otra vez el día que privaticen el aire sus muchachos socialistas, la agarraste con la mano y ahí entendiste del todo el lado oscuro y siniestro de la cara del Señor, la forma contemporánea del cordero con siete cuernos y de la espada que le sale al Cristo Rey en su reino celestial: la Miniuzi, el subfusil accionado por retroceso de masas, que dispara sin parar con el cerrojo re-abierto, un telescopio que envuelve la cámara del cañón que así entra más adentro del cajón de mecanismos y se mete el cargador adentro del pistolete y dispara como un fuego del infierno que no cesa, son mil doscientas cincuenta municiones por minuto, qué minutos, Reina, los primeros diez segundos que la tuviste en la mano te volvieron a crecer las facas en cada uña y los siete cuernos y siete ojos que te vinieron muy bien para que no te madruguen. Te pusiste el uniforme de leather de sado maso y abajito de la capa y adentro de la bombacha guardaste la Miniuzi y caminaste tranquila hasta la sala de mandos: ahí estaban la Medina, el Rata Cuervo y dos de los vigilantes tomando el mate de antes de empezar a trabajar. Dijiste hola, muchachos, y cuando te contestaron hiciste un gesto elegante y la capa voló hacia atrás como si fueras Liz Taylor haciendo a la reina Dido a la hora de dar la orden de dispararle a esos griegos y lo bien que hubiera hecho, qué bien que estaría Cartago si se hubiera decidido a disparar esas flechas incendiadas en las puntas, como Liz borracha y reina, como Dido sin amor, les tiraste con la ráfaga que salía de la boca de tu pistola automática como la bífida espada de la boca del señor Cristo Jesús y eso sí que fue dios mío una escena memorable: antes del primer minuto estaban todos trozados como pollo en cacerola si al pollo le hubieran dado con una ametralladora y si el pollo tuviera adentro los veinte litros de sangre que tenía cada uno de esos cuatro hijos de puta a los que viste de arriba con distancia de mariscal y los viste también llegar derechito al asador del lago de fuego eterno que les tiene preparados a los malos el infierno. Diste un poco marcha atrás porque aún viéndolos trozados y con los ojos abiertos para toda la cosecha ni así te podías creer que se habían acabado el Rata Cuervo y Medina. Debe haber sido San Jorge que te saltaba en la mano con sus ganas de probar las armas contemporáneas el que te hizo saber que mejor te dabas vuelta, que no se ganan batallas avanzando por la espalda y que no era para tanto ver cuatro tipos troceados y chorreando sangre roja como si fueran las fuentes de un manantial. Te diste vuelta, tiraste una ráfaga más y ahí ya no quedaba nadie que se animara a pararse y saliste así nomás, vestida de sado maso y con la metra en la mano y te fuiste caminando a la iglesia de San Jorge y te metiste ahí adentro y le sacaste la ropa a una Virgen de Luján así que quedaste linda con tu capa símil cuero y el vestido celestito que suele usar la patrona y te escondiste ahí adentro y en eso llegó Ramón: te desmayaste en sus brazos. El te metió en el baúl, que había acondicionado con sábanas y almohaditas, y te llevó a una quinta que tiene de aguantadero la policía bonaerense en la zona de Malvinas y ahí estuviste diez días, los primeros siete en shock y los últimos tres juntando la fuerza para salir del país: en una ráfaga errada, es tan blandito el gatillo de la Miniuzi de Dios, te bajaste a siete pibas que estaban en el Sabor. Las viste llegar al Cielo pero no iba a ser consuelo explicárselo a un jurado. Menos que menos el fiambre, la mortadela picada, que les hiciste del juez que protegía al Rata Cuervo. El Ramón te hizo pasaporte y te consiguió el pasaje para llegar a Madrid sin que tuvieras problemas.

Y problemas no tenés. En parte vivís arriba en la gloria del Señor y en parte abajo, al ladito de Callao, mitad de la Gran Vía y te pasás cada día en una iglesia distinta: en Madrid hay mogollón.