7 de noviembre de 2014

RECURSOS - Un puente hacia vos

Un puente hacia vos
Mirta Taboada

Escribimos para tender un puente hacia otro y mostrarle un mundo. Escribimos por necesidad, por deseo, porque hay un hecho significativo que no puede ser narrado de otra manera. Pero para escribir un cuento, un relato u otro género literario hay que trascender la capacidad mecánica y aprendida de hacer lindas oraciones con sujeto y predicado.



Para empezar hay un plan, aunque sólo sea una intención o un esbozo. Hay preguntas fundamentales. Escribir es un acto inseparable del pensamiento y la reflexión. ¿Sobre qué quiero escribir? ¿Cuál es mi intención con eso? ¿Cuál es la mejor manera de llevarlo a cabo? Poe ya lo escribió: nunca es el aura mágica que ilumina una trama original o una forma novedosa, irreverente de contar. La escritura es un músculo que se ejercita. Como manifiesta Juan Bosch, tiene una arquitectura delicada y tiene su técnica.

Se empieza con un tema, elección que más que imaginación requiere sensibilidad y agudeza. El tema puede hallarse en la superficie de lo cotidiano, allí donde no parece existir materia para la literatura. Esa superficie es sólo aparente y en aquello que nos rodea puede encontrarse profundidad, oscuridad, extrañamiento. La universalidad es el rasgo infaltable del tema. Aquello que interpele al lector en tanto otro igual a uno, inmerso y hacedor de la misma realidad compleja, con su humanidad.

El tema debe estar expresado en un hecho que trasmita mejor que otro un efecto o significado. Ya sea una estructura tradicional de comienzo, nudo y desenlace o una no convencional, la totalidad del texto debe centrarse en ese hecho significativo hasta el final. Las digresiones y los ejercicios de escritura autocomplacientes no harán más que crear eso que algunos llaman lector cansado o aburrido.

El lector
Antes que nada, un escritor es lector. Se aprende a escribir escribiendo y previo a eso, leyendo. De nuevo: no como una pedagogía escolar conductista enseña a leer, en la literalidad de la frase. Leer es un acto de comprensión y de reflexión. Nunca se lee (ni se escribe) una sola historia y nunca hay un tema, a la manera de una respuesta única frente a un concurso de preguntas y respuestas.

A partir el punto final resuena en la cabeza del lector un mundo, como un golpe de gong. Los sentidos nunca están pautados, se proponen; incluso surgen nuevos. El texto no es un producto acabado por la mano de quien lo escribió, sino que es algo abierto, inconcluso, a pesar de que tenga un final contundente y en apariencia cerrado. Es abierto en toda su estructura de materia significante.

Realidad y ficción

Hay una relación tensa entre verdad y ficción. Como advierte Juan José Saer, la ficción no es sinónimo de falsear la verdad sino un tratamiento distinto de ella, que busca mostrarla en su complejidad. La credibilidad y la verosimilitud son condiciones necesarias de todo texto ficcional. El pacto de lectura se basa en que el lector (y el escritor, primero) cree en esa historia, en esos personajes y en la forma en que está contada.

 En la escritura, se desafía y se desobedece la aclaración recurrente que aparece antes del inicio de una telenovela: “Los hechos y/o personajes del siguiente programas son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.” Un escrito con esa aclaración al principio, implicaría la muerte de ese texto, la disolución del pacto entre escritor y lector. Alguien que quiere escribir no debe caer en azares o coincidencias en el proceso de escritura. Un escritor busca, es un perseguidor de realidad, en sus distintas formas y colores, a través de la ficción.


Así no se escribe

No se escribe de una manera. Un hecho, una historia, un tema, pueden ser materia de ficciones diversas a través del tono, del punto de vista del narrador, del registro del lenguaje o de la focalización en determinados personajes. El uso de la primera persona no quiere decir que se tenga que escribir sobre la propia experiencia de manera literal, ni que uno mismo sea ese personaje. Así como la tercera nunca es un punto de vista objetivo, sino que asume puntos de vista a través del uso de diálogos, de adjetivos precisos y bien puestos y de las acciones que se elige narrar.

No todos los escritores estudiaron Filosofía y Letras, no todos son periodistas, no todos son ricos y famosos o escriben best-sellers. No se necesita una Underwood y un escritorio silencioso con una larga biblioteca empotrada, aunque los libros sean infaltables y el hábito de lectura se convierta en una necesidad que dura toda la vida.

Tampoco se requieren hechos extraordinarios, ambientes exóticos, hazañas de vida, muertes trágicas o ser un genio enloquecido o adicto para tener material literario. Así como existe una tensión, y no una oposición, entre ficción y verdad, la imaginación y la experiencia no son excluyentes una de la otra.  La vida de alguien no alcanza por sí misma para ser materia de ficción.

En el proceso de escritura, se toman diferentes experiencias, las propias y las de otros. No sólo se parte de hechos sino de sensaciones, emociones, expresiones de la subjetividad. La transformación puede operar a nivel psicológico y no sólo a nivel argumental.  Lo novedoso o exótico quizás sean parámetros noticiables pero no en la escritura.

Construir un mundo

Escribir es un acto de precisión y sensibilidad, es, a la manera de Raymond Carver, una forma singular de observar el mundo, la vida, lo que nos rodea, y tener la sensibilidad y la habilidad para convertirlo en un cuento, un relato o una novela. En el texto se hace palpable una forma única de ver y construir un mundo. Con la salvedad necesaria de que, como apunta Flannery O’Connor, “nuestras creencias serán la luz por la que habremos de mirar, pero no serán lo que se vea ni tampoco un sustituto del acto de mirar.”

La tensión y la intensidad no pueden faltar. Como se dijo, no están relacionadas a lo exótico, sino al ritmo del texto, que no es el ritmo de la escritura. El texto no debe ser como un largo viaje en colectivo en hora pico y en verano: aletargado, trabado, en ocasiones, con tumbos repentinos. La intensidad debe mantenerse en el texto, y la tensión debe dosificarse, no puede durar  por mucho tiempo sin quebrarse. Las acciones, como reconoce Bosch, son la sustancia de un cuento. Las frases  explicativas y valorativas  sobran, entorpecen y alejan al lector con la presencia invasiva de la voz del narrador.

          Ese gran escultor

El tiempo es una dimensión que marca la escritura desde afuera y adentro. El tiempo en que se narra la historia, el tiempo en donde sucede. Por otro lado, el tiempo en que escribe el escritor, su tiempo, su contexto. El tiempo que se tarda en escribir: a veces un cuento tarda más que una novela. Pero lo que más dura no es la escritura, sino la corrección, la edición.

Abelardo Castillo escribió que eso es todo lo que existe: borradores y no libros, y que un escritor es el que escribe el borrador más hermoso.  Es innegable volver una y otra vez sobre lo que se escribió, quizás de un tirón, es parte fundamental del trabajo de escritura.  “En el constante leer lo que escribió, uno encuentra lo que quiere escribir y en el constante leer lo que quiso escribir, encuentra lo que debe escribir”, apunta Pablo Ramos. Por eso la escritura es un trabajo artesanal, las palabras significan, tienen un peso y una palabra que sobre o que no sea la precisa puede arruinar un texto. Que un texto necesite correcciones no significa que fracase, sino que es que necesario pulirlo, modelarlo y tallarlo, como a una escultura.

Con todo, las luces rojas en la escritura no están para detener el camino y echar marcha atrás, sino para detenerse y seguir, con la actitud vigilante y los sentidos puestos en el texto. No sólo se crea con la vista y tampoco se escribe con las manos. No hay un manual: hay técnicas, hay consejos, modos y definiciones de quienes escriben y que reflexionan sobre el trabajo escritural.


Es también la lectura atenta, el tratar de sacar cómo hizo el autor que estamos leyendo. Experimentar, jugar, no tener miedo. Las palabras fueron inventadas por nosotros, no son una cosa dada. Antes de sentarse frente a la computadora, al cuaderno, la máquina de escribir —porque sentarse es un gran primer paso—hay que sacarse de encima la moralina, las buenas costumbres y los velos de la ignorancia. Y a escribir.

29 de septiembre de 2014

CUENTO- Le viste la cara a Dios, Gabriela Cabezón Cámara



Le viste la cara a Dios
Gabriela Cabezón Cámara

“Durante las cortas noches en las que nuestros
cuerpos se empeñaban en revivir -oscuramente,
con una esperanza tenaz y carnal que la razón
desmentía en cuanto había amanecido-.”
Jorge Semprún, La escritura o la vida.

I
Si el fin del torturador es provocar la presencia absoluta del que tiene atado para sojuzgarlo entero con laceración y dolor, el objetivo del torturado es tomarse el palo, irse de ahí, partir del cuerpo que pierde el aliento a manos de otro, amatambrado de sogas y en mazmorra sin salida: si a matasiete el matambre, a vos el resbalar en tu sangre y en los charcos de la leche que te ahoga y que te arde. Querés partir y dejar atrás la mazorca, el ardor colorado de sus dientes amarillos y tu esfínter hecho un volado de broderie de tomate, ay, si pudieras esfumarte en un abrazo celestial y no sentir las trompadas ni que te queman con fasos ni esa contracción que duele, la de cada célula tratando de blindarte para que no te entren ni arando. Pero te entran y te aran y te querés ir a la mierda: dejar el cuerpo escorado, dejar el hueso partido, dejar la sangre que late en cada hematoma nuevo y olvidar las convulsiones que te sacuden también. Escuchá la armonía cósmica, el canto de las estrellas, la luz blanca que te llama en la puerta de salida del más, más y más allá, las antípodas de acá, desde donde oís la voz que, suave, te llama «vení hija mía», después de decir tu nombre, olvidá el «Beya durmiente» que te pusieron acá, en este antro nauseabundo el día que siguió a la noche en que te ataron las manos y después te recogieron para enseñarte el laburo. Te enguascaron, te domaron, te peinaron para adentro y te hicieron el ablande: ahí aprendiste a los gritos nuevo nombre y apellido y te hicieron pura carne a fuerza de golpe y pija y así empezaste a saber que en el centro de ese antro lo que sos iba a ser muerto como restos de un puchero arrojados en la calle y el nombre de cada cosa enfermo de podredumbre desde el suelo del bautismo que te dieron el Rata Cuervo y sus amigos, los rufianes del Sabor, el puticlub de Lanús donde conociste a Dios. Si te dejaran pensar en algo más que el final de esa paliza continua, pensarías que la tortura tiene diccionario propio: te arrancaron tus palabras y te metieron las de ellos, tan dolorosas y sucias como el mar de miembros punzantes que te sacuden ahora como a un barquito un tsunami, pero no pensás, sólo ansiás esa voz dulce y dejar atrás la poronga que te barrena la concha, tan lastimada ya que sentís esa fricción como se siente un bulldozer desalojando un terreno: crujen los ranchos y carros y se fisuran los huesos de las madres y los padres, de los hijos, de los primos, de los vecinos solteros y de los perros, los gatos y caballos muertos de hambre.

Querés irte. Bien que hacés, así es todo torturado: querés un alma que pueda vivir tu vida en las alturas, querés fuga y bilocación, un espíritu que sepa estar en otro lugar, muy lejos más sin morirte, vos querés desdoblamiento cual místico en viaje astral y cantar como San Juan la noche oscura del alma, «Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el amado, cesó todo, y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado», y si él escribió azucenas no es que fuera un pelotudo, es que escapaba de un claustro y una ortodoxia caretas y por aburridas que fueran se parecían más a flores que tu camilla de puta de puterío bonaerense. Ya habrá una flor para vos, vas a ver que no te miento, pero además de un alma vas a querer a un Dios, porque todo torturado quiere como San Juan ir con Él, el amado, en un trance espiritual, ya que no hay cuerpo que pueda con la tortura constante: querés el milagro, la transubstanciación ahora, para que coman y beban de tu cuerpo como te comen y beben, pero si hay que ser banquete, que tu cuerpo sea una hostia, una muñeca, una estampa, cualquier cosa menos vos, porque estas hienas carroñeras con sus garras y colmillos te lastran en fiesta eterna dejándote casi cadáver.

Fiat alma y listo, está hecha, y ahí lo tenés a Dios padre todopoderoso y te lo armás con lo poco que aprendiste en catecismo y con las cosas bonitas que te acordás de tus viejos, te unís a Dios, el amado, aunque si Él fuera, sería la causa motora de cadenas y trompadas y de cada violación, pero estos no son trances para hacer filosofía y aún si tuvieras cabeza para algo más que sufrir, aun así, hoy lo querrías a tu Dios con síndrome de Estocolmo y qué sería del síndrome sin su padre o sin su madre, no se sabe, eso no lo sabe nadie: Estocolmo empieza en casa y si no hubo madre o padre, habrá habido algún tutor, adoptante o encargado que cumpliera esas funciones y no parece nada hoy, pero la tortura lleva a la primera trompada, la del origen te digo, el síndrome del origen. Te explico para que sepas que infantiliza y aniña y se conoce o se vuelve a ese primer baño sueco, el del chico re apaleado por quien le da de comer, el que lo lleva a colegio y si hace frío le pone una frazada en la cama, y es lo que querés ahora: que te extiendan la frazada y pensar que a la mañana te llevarán a la escuela. Pero no, no way José: la paliza es lo que aniña. La droga del cafishio aniña. La caricia del cafishio y las sogas del cafishio aniñan y así estás vos, como una nena que duerme para que la paliza pase, pero no sos una nena y bien sabés que mañana no va a venir tu papá con tostadas con manteca ni leche con chocolate, eso sí sabés que no, que no lo hace ni el Dios al que le rezás día y noche con lo que te queda sano del seso medio hecho mierda por hemorragias internas, le rezás como una nena porque no te queda otra y le pedís a tu Dios «como el niño que recibe el castigo de su padre y en medio del sufrimiento tiende los brazos hacia él para buscar el consuelo. Y, abrazado a su padre, se intensifica el dolor» y si le rezás a Dios sin pensar que bien sabrá lo que te están reventando y no le alcanza padre nuestro para mandarte un milagro es porque al rufián mandamás, alias Cuervo, Trueno y Rata, vos no querés abrazarlo cuando te acaricia después de golpearte y usarte de cenicero para apagarse el cigarro, eso no, no va a pasar, vos no lo vas a querer a ese cafishio asesino: te encomendás a Jehová y odiás a ese hijo de puta que te está cogiendo a palos por hacerte la boluda, mogólica Beya durmiente, dice y grita y te pega fuerte, ya vas a ver, puta tonta, acá dormís si yo digo, aúlla y pega más fuerte, furioso como un tirano porque te quedás dormida hasta cuando estás parada y cogida y bien cagada a piñas porque ese es tu modo de ser la torturada que vuela y dice que él te va a enseñar a estar despierta putita y se sacude con saña encaramado a tu ojete garchándote con un pico, cava a los golpes, rompe, desgarra, mezcla sangre y mierda y cuando se ve los huevos color rojo amarronados, dice que ya está y le da paso a la vieja bruja Medina, que te inyecta merca, Beya, y te trae de regreso como si con la mano y con un solo tirón te colgara de la red de venas, vasos y arterias y te tuviera agarrada como a una marioneta para tupacamarizarte con su potro de tormento desde el mismo corazón, vos sabés lo que te digo, a la bruja hija de puta le encantaría si se le ocurriera cómo hacerlo sin matarte, no te mata porque sos su hacienda y le rendís viva, le rinde tu kilo en pie o mejor dicho en cuatro patas y eso tiene desventajas aunque ella fanfarronea con sus amigos diciendo que sus putas rinden más que las vacas del estanciero más poronga de sus clientes. Le gustaría matarte si no le gustara más hacer guita con tu carne, pero ay, si no fuera así, como gozaría ella metiendo sus propios dedos y hundiendo sus propias uñas en tu pobre corazón y algo así hace con la frula, te estrola, te avería más, te bardea hasta la pobre alma que te inventaste para irte a los brazos del buen Dios. La blanca te agita mal sacudiéndote la sangre y apretándote las venas, la sentís como si cien terroristas suicidas te hubieran boqueteado el orto y se fueran estallando en cada órgano de tu cuerpo hasta que te lo transforman en un envase abollado, un tanque de acero vacío donde lo único vivo parece ser la red de nervios ardiéndote en un aullido y ese corazón rompiéndose, con sus díastoles y sístoles de bombardeo japonés y sus saltos desquiciados de taquicardia cebada, así te trae de vuelta a la escena de tortura esa bruja chupapijas reciclada en regenta hija de puta y te multiplica por mil a las penas que te infligen, como el Cristo con el vino en las bodas de Canaán, con cada latido merqueado te hace volver al horror, pero no es el mismo, muta, porque es un monstruo que cambia, como un transformer del mal, bien que lo saben el Rata y la vieja mal parida que aprendieron con su cuerpo que cualquiera se acostumbra a cualquier mierda constante: ellos están ahí todo el día.

Lo que permanece igual termina siendo un hogar, hasta en Hiroshima habrá habido quien se quedara viviendo una vez que pasó el calor de la explosión de los yanquis, en la misma radiación de después del estallido habrá lo que siga viviendo aunque sea con dos cabezas, tres piernas o, Dios no quieras, tres porongas o diez conchas, pero sin irme tan lejos, lo que quería decirte es que también se vive ahí, donde ni un yuyo se yergue: de un golpe te estalla el tímpano y ni siquiera sentís ese moco amarillento que te baja de la oreja porque te merma el estruendo y nunca más escuchás medio carajo de nada: te queda un oído solo y un silencio en la mitad de la cabeza aporreada, mejor, no querés oír más el quilombo de la cumbia noche tras noche de infierno y acá no te va a servir todo el piano que aprendiste de mano de mamá en tu infancia de nenita de clase media de pueblo. Serás Houdini o Kill Bill o si no no serás nada, porque el degüello se viene poco más tarde o temprano, cuando no les des más guita, pero lo que importa ahora, y lo digo por tu bien, es que te siguen queriendo por todos tus quilos vivos de carne suave y latiente y ahí te podés parar para irte con alma y cuerpo de ese matadero infecto, como bien puede encontrar un punto de apoyo el pie al borde de un precipicio, porque todo es relativo y lo sabés sin pensar, cuando te aliviás hundida en pura mierda porque creíste sentir piedra en la planta del pie y vos también te volvés medio transformer, ay, Beya: estás verde, te creés un cactus, te delirás aloe vera, te guardás la savia de odio en tu carne tumefacta, sentís crecer las espinas que alejarán a los dientes de los chacales cagados de esas arenas del orto, le das tus hojas al sol que te abrasa como el fuego a los injustos en el juicio del Señor y te aferrás con los pies como raíces de planta de médano en el Sahara en un esfuerzo botánico, de voluntad vegetal que no mide viento ni ingravidez del suelo porque cayó donde pudo y la caída en la tierra es un hecho irreversible en la vida vegetal.

La merca te hace volver como si fueras un disco en las manos de discóbolo: el alivio del momento en que quedás congelada atrás del cuerpo potente se quiebra con el envión que te estrella, con un solo movimiento, contra la pared más dura, la merca es en la cabeza hasta que deja de ser y ahí sí que van a doler cuerpo y alma y no habrá pies, todo es paliza y paliza y el dolor multiplicado y todo vuelve a girar, te desayunan con whisky en el puticlub de mierda, porque la tortura ahí adentro no termina ni se acaba como no se acaba nunca la cosecha de mujeres y eso te lo hacen saber, no te vayas a olvidar, que ellos te pueden pasar a degüello como a un chancho y filetearte después como si fueras jamón. Súbitamente entendés que mejor hacés creer que ya estás muerta y entregada como novia al Cuervo Rata, no sabés cómo sabés porque no estabas ahí cuando te dieron la clase, el cuerpo aprende solito aunque el alma esté en los brazos de Dios o la Virgen Santa entre los arrobadores coros de los entes celestiales, y tu pobre cuerpo, Beya, se encuentra sabiendo posta, con certeza iluminada, que lo mejor es fingir y sofisticás la ausencia. Ya no te dormís parada, estás lista para un óscar por tu representación de víctima seducida. Les pedís perdón a todos, al Cuervo Rata, a Medina, les decís que merecés que te caguen bien a palos, le jurás amor al Rata, le rogás por más paliza, decís que lo harás famoso porque le das a los tipos los polvos más memorables de toda la zona sur y al final pedís más clientes porque quiero darte más papá, pedís golpes y castigos y pedís parirle mil hijos para que pueda venderlos en el mercado ilegal, te via llenar de chinitos si me metés esa verga hasta llenarme de guasca como si fueras el toro con las mayores cucardas de este año en la Rural y yo cada una de las vacas que se tiene que montar tu destino semental para darle mayor gloria a nuestro ser nacional. También le pedís más whisky, si se puede llamar whisky al veneno que te dan, y cuando te meten merca tratás de que se te quede alojada en la nariz y te la soplás con los mocos el minuto que te dejan quedarte sola en el baño.

Hacés arte de tu ausencia: aprendés a aparentar que estás ahí toda entera, contraés y dilatás la concha a ritmo de orgasmo y es con esa succión que acelerás la mecánica del polvo de los cretinos que te horadan como si fueras una huerta en tierra dura y ellos arando afilado, como si te sembraran soja, como si lo que quisieran fuera sacarte petróleo oro, a veces fallás, gritás porque te duele o para que no te duela, para prevenir el golpe, pero un grito fuera de tempo en el antro no molesta ahí no se lleva el compás, ahí nomás se calientan con alaridos al fuego y vos ya lo sabés bien aunque no te des cuenta cómo porque apenas si lográs pasar de un momento a otro en base a una combustión lenta hecha de leche, de palo, de merca y whisky, no te acordás cómo fue pero sabés y gritás y les pedís más y a veces te sorprendés un poquitito habituada: durante algunas semanas apenas te lamentás porque te tocó ser puta en la puta era del viagra, siempre pueden, quieren más y te maceran la carne a fuerza de garrote y guasca como si te estuvieran preparando para meterte en el horno y comerte una vez reblandecida, como si fueras un corte de nalga de buey bien viejo y ellos fueran una maza que te vuelve de ternera, pero resistís, estás violeta, azul, un poco verde, con marcas de mil mordidas y con tajos de uñas duras y con el orto y la concha ya casi deshilachados como si fueran el tronco que usa un puma de montaña para afilarse las garras, así y todo todavía estás con la táctica que aprendiste en el abrazo de Dios que si bien no fue mujer algo aprendió del dolor claveteado en los dos palos hasta morir asfixiado. No hacés lo mismo que Él, no se puede pedir tanto, lo que podés es cuidar a tu odio como si fuera un bebé recién nacido o un jardín muy florecido en el medio del desierto. Es que esto no hay que olvidarlo: en la peor de las mazmorras se puede amar al que pega y eso es peor que darle el propio espíritu al diablo. La línea que hay entre actuar y hacerse parte es finita, ambigua, jodida y hacerse parte es lo mismo que estar muerta estando viva: mejor cultivás el odio cual orquídea delicada, le das la teta al bebé que inventaste a latigazos y que tiene ojos amarillos como las infecciones que sufrís en medio cuerpo y que lleva en las mejillas esas llagas purulentas que te parten de dolor cada vez que trabajás, y trabajás demasiado. Te hace acordar el nonato a la saga Pesadilla y jurás ser Freddy Kruger y si te gusta el bebé es porque sabés muy bien cuánto se parece a vos porque el monstruito está hecho de todo lo que te duele y cuando llegue a su término la asquerosa gestación, te van a nacer diez púas en las puntas de los dedos. En eso pensás ahora: en púas, en facas, caños, en todos los fierros pesados que viste en tus años de vida y sobre todo soñás con la automática halcón del oficial bonaerense que viene todos los viernes a cogerte por el orto y dice te gusta putita, es lindo, mientras te aplasta con sus ciento veintidós kilos de grasa hirviendo montados arriba tuyo en pose de perro idiota y te asfixia con el ácido que emana como un cadáver y que se te pega al cuerpo como bomba de napalm, porque suda y suda el cana y si pensás en el gordo pata negra es para acordarte bien que podés irte muy lejos si lográs estar despierta a pesar de los venenos. La única puerta es el odio y no tenés otra leña para echarle a la fogata que los mismos latigazos que te desmayan a diario, pero seguís, el odio te mantiene viva. Y los brazos de tu Señor, que después de todo es el mismo que creó la bestial Ley del Talión.

Estás escondida ahí, en el jardín de tu odio, y según pasan los días crece la planta feroz y fingís estar a gusto como lo haría una reina en un mitín de mineros y aunque acá son zorros viejos te creen cada vez más. Empieza el Rata cafishio a alternar sus muchas piñas con algunos regalitos y vos te caés a sus pies como novia enamorada y aprovechás y almorzás carne de vaca de veras: sabés que necesitás hierro para agarrar bien el fierro, como te enseñó tu padre en el Tiro Federal. Comés bifes y hasta postre y cuando terminás el flan que te ganaste arrastrándote a los pies del Rata Cuervo, te metés en un rincón hecha un bollo cual gato enfermo, como si pudieras así construir más mismidad, la que quisieron quitarte a palazos y a pijazos. Ya no preguntás por qué te pasa esta mierda a vos, que estudiabas, trabajabas y hacías voluntariado en el hospital de niños del barrio de las afueras: escapar es más urgente que ahondar en la metafísica porque si no te escapás te vas a transformar en zombie como son tus compañeras que parecen muertas vivas con sus lentes de contacto de colores fluorescentes y con la merca en la venas y llenas de lastimaduras en la carne que no sienten.

No te vas a acordar de esto, pero te los cogés a todos. Les mentís el entusiasmo y tratás de subirte arriba que desde ahí duele menos pero así te transan pocos. La cuestión es que te garchan el Cuervo Rata y amigos, más el juez, los policías, el cerdo gobernador y muchos clientes civiles van pasando de a uno en fondo. A veces te la dan de a dos, pero por suerte ya no la patota entera, el límite lo puso el Rata desde que creyó en tu amor. Uno te acaba en la boca y el otro te rompe el orto. Empujándote los dos como para dejarte chata, como hacías vos cuando nena, que ponías moneditas sobre las vías del tren, te fornican y te aplastan para que no te quede más ninguna interioridad, hasta hacerte reventar cualquier burbuja de vos que te pudieras guardar, hasta dejarte hecha sólo carne calentita y plañidera.

Pero, Beya, esa leche que te arde como picana se la das a tu cachorro y a tu flor y te crece fuerte esa burbuja de vos, porque, y ahora tenés la certeza, el odio puede habitarse, como se habitan también la adicción y la paliza cuando no hay más techo que ésos. Pero necesitás tener fuerza y no siempre la tenés, querrías irte de vos, darte al cafishio de veras o dejarte morir adentro de tu cama de sábanas almidonadas por asquerosas simientes y pasar a ser sólo cuerpo, sólo vida lastimada como un musulmán en Auschwitz.

Pero no podés, no te dejan, el puticlub no te quiere ni momia ni musulmán, necesita que conserves músculo entre hueso y piel, que puedas fingir orgasmos y contestar si te hablan, que sepas decir pijadura, más, que grande que la tenés y sonreír y gritar.


II
Presa sin saber dónde y sin ver la luz del sol, casi ciega, casi sorda y casi descerebrada sos el centro de atracción, la puta más cara del antro y retemblás con pavor como la tierra partida en casos de terremoto, pero este, el de tus entrañas, no tiene nunca un final sino descansos escasos que usás para auto-ovillarte y cantar tus oraciones como mantras, las elegiste por algo pero ya no importa más que el ritmo que les ponés, como de canción de cuna cantada por un bebé que se duerme solo. El ovillo, que es la posición fetal, es la postura adecuada para los deshilachados: se toma cada hilo de ser y se junta con los otros: por eso se ovillan las putas y se acurrucan los chicos después de que les pegaron y por eso no permiten en los campos de tortura, con cadenas en muñecas y tobillos, que se abracen a sí mimos los pobres despojos humanos que hacen de los reclusos.

Igual ya casi no sufrís: lo ves todo muy de arriba, ahí está tu cama, ahí tu cuerpo abajo de otro, ahí tu garganta aullando, ahí abajo y desde ahí o más bien desde allá arriba, lo único que te une a vos es una línea de plata, hecha de una lucecita débil, algo así como un cordón umbilical evanescente que apenas brilla, una promesa, un puente, como aquello que, vos creés, puso Dios para tengas la certeza iluminada de que alguna vez serás nuevamente soberana de vos misma: voy a ser dueña de mí, te prometés, y le rezás a San Jorge: «Oh, poderoso San Jorge, oh guerrero noble y bueno, dale una mano a tu sierva y ganame esta batalla. Defensor de las causas justas, matador del dragón rojo, dame tu espada implacable, mandame diez mil soldados y aplastá a mis enemigos que son fuerza de Satán. Oh, luchador del bien, que sea el brillo de tu espada la luz que corte lo oscuro del puticlub de Lanús. General de mil batallas, ahora te estoy invocando. Hasta la victoria siempre. Amén.»

No sabremos si es milagro. Pero rezás y rezás y a veces te escucha un cliente. En general se calientan porque se sienten guerreros que están violando a una monja, algunos te dejan seguir y otros te dan dos bifes así aprendés a callarte. Pero hoy le rezás a San Jorge y te escucha el teniente López, que está, y por eso sabés que es viernes, aplastándote contra el colchón como si fuera a alisarte para después enmarcarte cual cuadro en una pared, el teniente te lamina cada vez que te fornica, pero esta vez te escucha, para, se sale, se acuesta el costado tuyo y te muestra la medallita que lleva prendida al cuello. Es San Jorge que desde el caballo le mete lanza a un dragón que se desmaya a sus pies, a las patas del caballo para hablar con precisión. Te mira a los ojos el cana y te ponés a llorar y empieza a rezar con vos. Trepa otra vez a tu espalda y desde ahí te cuenta bajito que esa medalla se la dio en su lecho agonizante su pobre y buena mamá que antes rezaba por él para que no ligara tiros en ningún operativo y que le dejó al santo para que lo cuidara bien en cada paso que diera en su deber de oficial. Y vos le decís que también necesitás de cuidado y que extrañás a tu vieja. El te dice que don’t worry, que San Jorge te acompaña y que de ahora en más también el oficial bonaerense Ramón López Arancibia. Y no dijo nada más. Y terminó despacito. Y esa vez vos lo quisiste y te quedaste ahí abajo y el gordo se transformó en un oso de peluche y en refugio de montaña en medio de la nevada. El teniente se dio cuenta y, sorpresas te da la vida, se sintió muy conmovido.

Antes de irse sacó de adentro de la visera de su gorra de oficial una estampita en colores del mariscal celestial ensartando a la bestia negra y te la puso en la mano, que cerraste, con santo adentro, y enseguida te ovillaste, ahora mucho menos frágil porque tenés cosas tuyas: además de Dios y el odio, la flor y el bebé imaginarios, sumaste a tu patrimonio la figurita en el puño y la promesa que viste en los ojos de Ramón.

Y fue pertrechada así que desde de la podredumbre del puticlub de Lanús viste la cara de Dios. Se la viste bien de frente y por eso podés contar que la tiene blanca y radiante. Pero no como una novia. Ni como una heladera nueva, ni como la cocaína, ni como tu vestido de quince, ni como los litros de leche que tragás cada jornada, ni como el blanco del ojo, ni como un glaciar gigante, ni como la espuma que eriza a los mares de la tierra, ni como los fantasmas, ni como la nieve eterna en las cimas más alzadas, ni como las fotos de los días luminosos en la Antártida, ni siquiera como los ríos Don y Chir durante el invierno del 43 en Stalingrado. La cara de Dios es blanca y radiante como ninguna otra cosa, como la suma de todas las cosas buenas de la vida: refulge como refulgen los instantes de felicidad o como refulgirían, cómo, si se los supiera eternos, como un abrazo perfecto que salva de todo mal, como el sol de la playa en enero cuando eras una nena, como la justicia justa, como los rayos que atravesaban las persianas de tu cuarto a la mañana, como lograr entender lo que es arduo de entender, como la cerca que Tom Sawyer le hizo pintar a sus amigos en el primer libro que leíste entero, como la bala que soñás para el cafishio, como esta inspiración larga que te está cantando, como la primera mordida que le dabas a las tortas que te hacía tu mamá cuando llovía eninvierno, como poder, como poder lo que quieras, como jugar en el jardín de la casa de tu mejor amiga, como las bolsas de nylon negro que les pensás dejar de vestidito a tus clientes, como la primera vez que te acostaste con un chico y te gustó tanto que sentiste amor, como aplastar a los malos y sentir cómo les crujen los huesos y les rechinan los dientes, como el primer faso, como los bailes con sus luces de colores, como cuando te salió el vals de Strauss entero sin errores en el piano, como bailar ese vals con tu papá, como el fuego para los infieles en el infierno, como los paseos en barco entre las islas, como el cansancio de después de las clases de karate, como andar en bicicleta, como las clases de griego que estabas empezando a tomar en la facultad justo cuando te cazaron, Beya, desfila tu vida en fotos hechas de la luz de tu cabeza, pero hay una que no ves, es la de tu cacería, a esa la dejás pasar, no puede ser parte de la cara de Dios, como no pueden ser parte las cosas que hace tu cuerpo ahí abajo, lo ves desde tan arriba, lo ves chiquito y de cualquier modo es horrible, aun desde esa luz tan lejana, «¡más qué tranquilas yacen todas las cosas en la luz!, ¡con qué libertad se respira!, ¡cuántas cosas sentimos debajo de nosotros!» pensás con palabras de otro, pero quién piensa ahí arriba con palabras de este mundo y a quién carajo le importa quién fue el autor de la cita, no importa ahora, estás viéndole la cara a Dios y cuando mirás para abajo el horror te deja fría, no sentís nada y eso que ves ahí abajo no puede ser la cara de Dios, aunque por algo habrá escrito el profeta Malaquías: «¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién es el que podrá mantenerse en pie en su epifanía?», porque no lo sabés hoy pero te vas a enterar de que lo que te está pasando es como una epifanía y que cosas parecidas le pasan a mucha gente, los que pueden contar algún borde de la muerte que vieron y no cruzaron. Después sabrás también que lo que te pasó ese día de la larga epifanía tiene su explicación científica: se debería, dicen algunos bioquímicos, a un aumento del dióxido de carbono que tenemos en la sangre cuando sucede un paro cardiorespiratorio y dicen que Dios con eso no tiene nada que ver. Qué pedazo de boludos, vas a pensar cuando leas la explicación en un diario: cómo si la cantidad en sangre de dióxido de carbono fuera inmanejable para el que creó la luz, la tierra y el agua y los bichos que caminan, y también el asador donde van a parar todos. Pero falta mucho para eso, todavía estás ahí arriba y ves lo que pasa abajo como si vieras la tele. Se fue Ramón, te ovillaste con San Jorge bien agarrado en tu puño y te quedaste ahí respirando hondo, hasta que vino el Rata Cuervo y te pegó un sacudón y te llevó a la otra pieza, la más mazmorra de todas, la de las que se portan mal, la celda de los castigos, y viste a la pobre piba que se había querido escapar y no tuvo mejor idea que pedirle ayuda al juez. Le dijo que estaba presa, que no quería estar ahí, que la tenían secuestrada y que seguro su madre la buscaría en todas partes, que por favor la sacara. El juez lo sabía muy bien, recibía un diego al mes y además todos los polvos que quería sin pagar una moneda, así que acabó y se fue a hablar con el Rata Cuervo para ordenarle que pusiera a la pendeja en su lugar. El Rata Cuervo la puso.

Y vos lo veías todo mientras te mecía la música del ejército de Dios, con sus alas blancas y sus trompetas doradas, sus caballos voladores y sus espadas plateadas, sus pelos largos dorados y sus pechos invencibles y sus voces varoniles como coros gregorianos, pero la viste a la chica con tus ojos terrenales echada sobre la cama como un puñado de carne picada en una bandeja de Coto. Tenía un ojo a un costado. El cráneo un poco partido. Las dos piernas fracturadas y en posiciones absurdas. Y tajos en todo el cuerpo porque le habían dado entre diez y le hicieron los agujeros para hacerlo todos juntos y a la vez. La chica parecía muerta. Vos viste que respiraba. El Rata Cuervo hijo de puta te puso el caño en la mano y te gritó que tiraras. Vos no escuchabas más nada que la música del cielo pero entendiste muy bien lo que el tipo te pedía y ahí apretaste el gatillo y le volaste lo poco que le quedaba de cráneo a la chica hecha hamburguesa.

Dejaste caer el revólver y te volviste a tu cama y lo agarraste a San Jorge, lo habías dejado escondido abajo de tu colchón, y te volviste a ovillar, todo lo viste de arriba, incluyendo la ascensión del alma que vos mandaste de un tiro a la mesa principal del banquete de los justos del Señor y también la viste sentarse como princesa a la diestra del cordero que estaba «como inmolado, y tenía siete cuernos, y siete ojos»: para cordero era raro, de manso no tenía un carajo, echaba ferocidad por cada uno de los ojos por no mencionar los cuernos, pero quién iba a esperar que en el reino del Señor las cosas fueran igual que el mundo terrenal. Ahí arriba el mismo Cristo tiene ojos como la llama de un fuego y los pies como de bronce bruñido y refulgentes como un horno y el estruendo de muchas aguas en la voz y siete estrellas en la diestra y le sale de la boca un espadón de dos filos. Era temible el Señor pero no te daba miedo. Miedo te dio el Rata Cuervo cuando se metió en tu pieza y te dijo que te quería y que habías pasado la prueba y ya eras parte de la banda y te invitó a comer un asado en el patio del quilombo.


III
Después de meses sin ver más cielo que un techo deteriorado, después de haber hecho spray con el seso de la chica en la pared, después de ser solo puta más de quince horas por día en el menú del burdel, la mesa tan amigable, el vino, el pan y la carne y volver a ver las estrellas no fueron felicidad. Los chistes en la comida, que te ofrezcan una silla y que te pasen la sal te hicieron sentir un monstruo y entendiste lo que viste en los cielos del Señor. El choripán lo comiste con una espada en la boca, viste las nubes pasar con siete ojos en la cara, las moscas y los mosquitos que se posaron en tus siete cuernos filosos se cayeron todos cortados en dos, te empezó a patear el crío que imaginabas gestar y vomitaste con furia las papas fritas doradas que te quiso hacer tragar, como una forma de amor, el cafishio mandamás que se llamó tu marido y estaba muy enternecido y te dejó que durmieras un día entero con su noche y después te prometió cambiarte las condiciones: de ahí en más trabajarías solo ocho horas con los clientes. Y te empezaste a mover un poco más por el antro, y así fue que te enteraste de dónde estaba la puerta. Tuviste mucho más tiempo para ovillarte tranquila. Comiste más y dormiste muchas horas. Te hiciste fuerte y monstruosa: además de los siete ojos, los siete cuernos y la espada de la boca, te crecieron las diez facas en las puntas de los dedos, alumbraste a tu bebé que fue un dragón con diez cráneos y siete cuernos de extraña distribución y se afilaba las garras y hacía gárgaras de pólvora de la mañana a la noche incluso cuando dormías el monstruito se entrenaba para estar listo a la hora de las hogueras del juicio. Los dos se sentaban juntos a mirar la orquídea negra largar sus gotas de sangre como si le cayera encima el rocío de la muerte y eran gotas y no lágrimas porque no hay nada que llorar cuando la muerte es justicia. Además, con el Rata Cuervo seguro de que te tenía bien atada con los lazos más estrechos, los de la complicidad, tu vida fue mucho más fácil: lo pudiste convencer de que te dejara pasar a la sección sadomaso y cagaste a latigazos a cientos de hijos de puta cada noche de esos meses y te volviste a entrenar con la excusa de estar fuerte para ejercer tus funciones y te dejaron en paz. Al único que atendías sin el látigo en la mano era a López Arancibia que se te fue enamorando.

Y se enamoró nomás. No te dijo como Kruz dijo al guacho Martín Fierro: «El andar uniformado/ ningún mérito me quita./ Yo no soy de la Maldita,/ me duelen los male ajeno» ni se puso al lado tuyo a pinchar a todo lo que se viniera, pero te dijo en la oreja que te quedaba en funciones que él te iba a estar esperando cada día de su vida a las cinco de la tarde adentro de la parroquia de San Jorge en Espeleta, Lanús, y que te estaba dejando un regalito en tu pieza. Le diste el beso en la boca que no le dabas a nadie sin entender demasiado y cuando entendiste un poco empezaste a mirar bien y entonces le viste entera toda la cara a tu Dios. También nació en Israel, está toda hecha chapa de acero estampado y te cupo en el mismo puño en que tenías a San Jorge y debe haber sido él mismo el que supo aprovechar esa otra parte de Dios, Él que si todo creó también inventó la muerte y lo tuyo fue un festival de fuegos artificiales como habrá sido Pekín el día que coronó Mao y como va a ser otra vez el día que privaticen el aire sus muchachos socialistas, la agarraste con la mano y ahí entendiste del todo el lado oscuro y siniestro de la cara del Señor, la forma contemporánea del cordero con siete cuernos y de la espada que le sale al Cristo Rey en su reino celestial: la Miniuzi, el subfusil accionado por retroceso de masas, que dispara sin parar con el cerrojo re-abierto, un telescopio que envuelve la cámara del cañón que así entra más adentro del cajón de mecanismos y se mete el cargador adentro del pistolete y dispara como un fuego del infierno que no cesa, son mil doscientas cincuenta municiones por minuto, qué minutos, Reina, los primeros diez segundos que la tuviste en la mano te volvieron a crecer las facas en cada uña y los siete cuernos y siete ojos que te vinieron muy bien para que no te madruguen. Te pusiste el uniforme de leather de sado maso y abajito de la capa y adentro de la bombacha guardaste la Miniuzi y caminaste tranquila hasta la sala de mandos: ahí estaban la Medina, el Rata Cuervo y dos de los vigilantes tomando el mate de antes de empezar a trabajar. Dijiste hola, muchachos, y cuando te contestaron hiciste un gesto elegante y la capa voló hacia atrás como si fueras Liz Taylor haciendo a la reina Dido a la hora de dar la orden de dispararle a esos griegos y lo bien que hubiera hecho, qué bien que estaría Cartago si se hubiera decidido a disparar esas flechas incendiadas en las puntas, como Liz borracha y reina, como Dido sin amor, les tiraste con la ráfaga que salía de la boca de tu pistola automática como la bífida espada de la boca del señor Cristo Jesús y eso sí que fue dios mío una escena memorable: antes del primer minuto estaban todos trozados como pollo en cacerola si al pollo le hubieran dado con una ametralladora y si el pollo tuviera adentro los veinte litros de sangre que tenía cada uno de esos cuatro hijos de puta a los que viste de arriba con distancia de mariscal y los viste también llegar derechito al asador del lago de fuego eterno que les tiene preparados a los malos el infierno. Diste un poco marcha atrás porque aún viéndolos trozados y con los ojos abiertos para toda la cosecha ni así te podías creer que se habían acabado el Rata Cuervo y Medina. Debe haber sido San Jorge que te saltaba en la mano con sus ganas de probar las armas contemporáneas el que te hizo saber que mejor te dabas vuelta, que no se ganan batallas avanzando por la espalda y que no era para tanto ver cuatro tipos troceados y chorreando sangre roja como si fueran las fuentes de un manantial. Te diste vuelta, tiraste una ráfaga más y ahí ya no quedaba nadie que se animara a pararse y saliste así nomás, vestida de sado maso y con la metra en la mano y te fuiste caminando a la iglesia de San Jorge y te metiste ahí adentro y le sacaste la ropa a una Virgen de Luján así que quedaste linda con tu capa símil cuero y el vestido celestito que suele usar la patrona y te escondiste ahí adentro y en eso llegó Ramón: te desmayaste en sus brazos. El te metió en el baúl, que había acondicionado con sábanas y almohaditas, y te llevó a una quinta que tiene de aguantadero la policía bonaerense en la zona de Malvinas y ahí estuviste diez días, los primeros siete en shock y los últimos tres juntando la fuerza para salir del país: en una ráfaga errada, es tan blandito el gatillo de la Miniuzi de Dios, te bajaste a siete pibas que estaban en el Sabor. Las viste llegar al Cielo pero no iba a ser consuelo explicárselo a un jurado. Menos que menos el fiambre, la mortadela picada, que les hiciste del juez que protegía al Rata Cuervo. El Ramón te hizo pasaporte y te consiguió el pasaje para llegar a Madrid sin que tuvieras problemas.

Y problemas no tenés. En parte vivís arriba en la gloria del Señor y en parte abajo, al ladito de Callao, mitad de la Gran Vía y te pasás cada día en una iglesia distinta: en Madrid hay mogollón.

21 de septiembre de 2014

CUENTO- A la deriva, Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves...

Y cesó de respirar.





14 de septiembre de 2014

RECURSOS-La voz del narrador

LA VOZ DEL NARRADOR

El ritmo de la voz del narrador tiene mucho que ver con el estilo del escritor, pero también en buena medida con la historia que nos cuenta, y con la habilidad para evitar la monotonía o la dispersión. En conjunto, los relatos son como una sinfonía, con un ritmo de fondo y variaciones que se van desarrollando en consonancia con el contenido. Son técnicas que el escritor usará, en general, de forma intuitiva, pero que a la hora de revisar habrá de tener en cuenta.

EJEMPLO (Una persecución)
Ponte en esta situación: vas por la calle una noche, alguien sale de una bocacalle y se pone a perseguirte, tú echas a correr. Se produce una persecución. Narra esa escena A continuación, fíjate en el ritmo del discurso. ¿Qué longitud tienen las frases? ¿Cambiaría el ritmo si fueran más cortas o más largas? ¿Cómo crees que se podría mejorar el ritmo de la historia?
El narrador de una historia es alguien del que muchas veces sólo conocemos la voz. No sabemos cómo va vestido ni qué hace en sus ratos de ocio, sino únicamente qué nos dice. Y hablo de voz (igual que antes he hablado de discurso) porque el lenguaje escrito, como ya dije, tiene mucho de oralidad transformada.

Todavía, después de tantísimos siglos, la literatura conserva rasgos de su origen hablado, de las historias contadas alrededor de una hoguera o en la plaza del pueblo, y también del teatro. Así que al lector, cuando lee una novela, le parece estar escuchando un rumor muy característico que le va contando al oído sucesos fascinantes, y a través del cual tiene acceso, con ayuda de su imaginación, al mundo ficticio. Para que esto ocurra, la voz del narrador ha de pasar inadvertida en lo posible (sobre todo cuando lo que se escribe es una novela), porque si continuamente llama la atención sobre sí misma, el lector se distraerá de la historia que le están contando y fijará su atención en las modulaciones atípicas de la voz, perdiendo el hilo de la narración propiamente dicha. No hay que olvidar que el objetivo del escritor, y por tanto del narrador, es que la historia y los personajes cobren vida en la imaginación del que lee, y eso es imposible si el narrador está gritando «¡Aquí estoy yo!», en una exhibición continua de sus cuerdas vocales. De igual modo, tampoco es conveniente usar una voz monocorde y soporífera que, aunque no se señale a si misma, tampoco apunte a los hechos que está narrando ni se implique en ellos.
En definitiva, para que la voz del narrador pase inadvertida sin resultar tediosa se tiene que dar una especie de simbiosis entre estay los hechos narrados, de modo que acoplada la una a los otros, formen una misma cosa.
Es importantísimo, pues, modular bien la voz del narrador y aprovechar todos los recursos que nos ofrece. Esa modulación va a depender de muchas cosas, como cuál es la historia que se está contando, si el narrador es a la vez uno de los personajes de la historia o alguien ajeno a ella, el bagaje cultural del autor, etc.; así que tendríamos tantos tipos de voces y combinaciones posibles de sus características como historias en el mundo.
Vamos a ver tres de los recursos de que dispone la voz del narrador y que, usados en su justa medida, pueden darle una modulación adecuada: el tono, el volumen y la expresividad.

Tono

Igual que en la vida diaria el tono que utiliza una persona para hablar a su interlocutor da un significado u otro a lo que dice, también el tono deí narrador aportará parte del sentido a la historia.
El tono puede ser más grave o más agudo. Cuanto más grave sea, tanto más serio y profundo sonará lo narrado, mientras que la subida de los agudos imprimirá notas ascendentes de desenfado al texto. Dependiendo del suceso concreto que se esté contando, el tono puede variar dentro de un mismo texto: no es lo mismo narrar un suicidio que una charla distendida entre amigos. Sin embargo, hay que tener cuidado con estas variaciones, ya que si son muy exageradas o repentinas, dará la impresión de que la voz del narrador ha cambiado, y que es otra persona —otra voz—, de pronto, la que nos había.
El tono del narrador influirá tanto en la percepción de la historia como en la de los personajes, y a la vez se verá influido por ellos. Para ejemplificarlo, vamos a detenernos en nuestras tres obras modelo,

Volumen

Regular el volumen de la voz del narrador es otra cuestión importante. En principio, a nadie le gusta que le griten. Valga como norma, pues, que la voz del narrador debe permanecer en un volumen medio: ni muy alta, ni muy baja. Sin embargo, como todos los recursos que estamos viendo, su modulación aportará a la historia matices significativos, con lo cual el narrador podrá alzar o bajar la voz cuando la historia lo justifique. Pero sólo en esas ocasiones.
Pongamos un ejemplo de voz injustificadamente chillona:
Así yo veía en aquellos días como motivo absoluto de una estrofa las adelfas cargadas de suicidios en los parques abochornados por la sombra soberbia de los rascacielos, la venustidad extravagantemente erótica de los escaparates, las barandillas de oxidado metal ennegrecido de las escaleras de emergencia de aquellos viejos edificios del Bronx. (¡Qué bella decadencia en sus paredes delineadas como murales vivientes por las manchas de humedad y por los fanáticos grafitis!). Como se puede ver, no sólo con exclamaciones se puede alzar la voz, sino también por medio de la combinación de sustantivos y adjetivos. En este caso, lo que se nos está contando no merece gritos, así que se le agradecería al narrador que bajara el volumen.
Por otra parte, si el volumen permanece muy alto a lo largo de todo el discurso, el narrador no podrá subirlo cuando realmente se necesite, es decir, en las escenas de verdadera relevancia que requieran un grito de aviso al lector («¡Cuidado! El perro está suelto»). Asimismo, el narrador puede bajar el volumen en aquellas partes —siempre necesarias en una novela— de puro trámite que no precisen una atención especial del lector; por ejemplo, mientras el protagonista baja las escaleras, sale a la calle y toma un taxi para dirigirse a una comida a la que está invitado, y en la que sí sucederán cosas dignas de una subida del volumen.

Expresividad

Otro recurso que va a permitir ajustar ¡a voz del narrador va a ser la expresividad, que implicará la proximidad afectiva y el grado de adecuación del narrador con respecto a los personajes. En este sentido, la voz del narrador podrá ser cálida o fría, anhelante, acariciadora, tierna, distante, amenazadora o permisiva, despreciativa...
Igual que ocurre con el tono o el volumen, la expresividad de la voz del narrador va a aportar, combinada con el contenido de la historia, diversos visos de sentido a los personajes y, por tanto, influirá en la aproximación del lector hacia ellos. La policromía y la rica plasticidad que adquiere un texto por medio de este recurso bien utilizado es algo que muchos novelistas, encerrados en una neutralidad expresiva carente de matices, deberían tener en cuenta.
Tono, volumen y expresividad: tres herramientas muy útiles para modular la voz del narrador, cuyo dominio llevará a una perfecta adaptación del discurso a su contenido.

La empatía

Si en general resulta dificultoso explicar con claridad y concreción cualquier idea abstracta, aún más peliagudo es expresar las sensaciones, emociones y sentimientos. En la vida real tendemos a confundir estos elementos y, por tanto, también en la escritura. Además de la dificultad que existe en aislarlos, tampoco es fácil expresarlos con palabras. Y sin embargo es algo que está a la orden del día: constantemente estamos recibiendo impulsos de los sentidos, y sintiéndonos alegres o tristes, queridos u odiados. ¿Por qué nos será tan difícil describir estos componentes cotidianos?
En primer lugar, desde pequeñitos nos han acostumbrado a ocultar el dolor, la alegría o el odio, hasta el extremo de hacemos olvidar su existencia. Por otra parte, esta materia toca nuestra fibra más sensible, con lo que nos resulta complicado tratarla con serenidad, objetivamente, y eso nos hace rehuirla. Por último, los sentimientos suelen ser bastante contradictorios, no se adhieren a la lógica que normalmente usamos para dirigir nuestras acciones, y por eso muchas veces no podemos ni acceder a ellos. Por ejemplo, a un sentimiento no le podemos preguntar «¿Por qué?»; lo máximo que podemos hacer es intentar concretarlo, aislarlo y expresarlo lo más claramente posible.
Para ello, vamos a desgranar los elementos que he mencionado más arriba (sensaciones, emociones y sentimientos):

Sensaciones

(Sensación: 1. Impresión producida en los sentidos por un estímulo exterior o interior. 2. Percepción mental de un hecho, con independencia de las impresiones sensoriales.)
La sensación tiene que ver, en la primera de sus acepciones, con los sentidos: la vista, el olfato, el tacto, el gusto y el oído, tan presentes en nuestra vida cotidiana que a veces los escritores los olvidan, como si se dieran por hecho. Pero nada que no esté en el texto, aunque sea de manera elíptica o alusiva, se da por supuesto en un escrito.
El sentido de la vista es el que más se utiliza a la hora de escribir, claro; es para el que está más preparado el lenguaje y nuestro vocabulario y, además, es difícil mantenernos ciegos. Es más sencillo, sin embargos, mantenernos sordos o mudos, o insensibles a los olores y al tacto. Y, sin embargo, la expresión de estas sensaciones dotarán al texto de una humanidad que difícilmente se puede alcanzar con la explicación más detallada. Si introducimos en un escrito música, estrépitos o ruidos en el patio interior, texturas y roces, sabores, olor a gasolina o a alcanfor... estaremos creando atmósfera, pero también conseguiremos un cierto grado de empatía por parte del lector.
El gran ausente en la literatura suele ser, sobre todo, el olfato, debido posiblemente a la dificultad de expresar los olores con palabras. A nauseabundo, pestilente, hediondo, aromático y algunos adjetivos más se reduce el reino de lo olfativo, y ciertamente los que hay dicen bien poco del olor en cuestión. Es un sentido inválido, y para expresarlo tenemos que acudir a las asociaciones de ideas o pedir ayuda a los otros sentidos, como quien se apoya en muletas. No obstante, recordad que los olores tienen una capacidad de evocación intensa y duradera, no sólo en quien escribe sino también en el lector. Un olor bien situado en un texto vale por cien imágenes.

Emociones

(Emoción: Estado afectivo de intensa alteración, especialmente de alegría, pesar o ansiedad.)
Este será otro factor que puede acercar un escrito al lector. Si el que narra está alegre, y esa alegría está bien expresada, el lector se sentirá automáticamente identificado en esa parcela de humanidad.
Las emociones se puede reflejar de muchas maneras, como por ejemplo diciendo directamente: me puse alegre o triste, o sentí muchísima ansiedad. No obstante, conviene reflejarlas en los actos (Me puse a dar pasos de ballet por todo el salón. Recorrí a toda prisa las calles de la ciudad fumando un cigarrillo tras otro con los dientes apretados).

Sentimientos

(Sentimiento: 1. Acción de sentir. 2. Estado afectivo que causan en el ánimo cosas espirituales. Sentir:
1. Experimentar una sensación. 2. Experimentar un estado afectivo o de ánimo. Estado de ánimo: Estado de una persona en lo relativo a sus sentimientos y a su actitud optimista o pesimista ante las cosas.)
Y aquí es donde los diccionarios empiezan a liarse e irse por las ramas, porque todavía no ha nacido la persona que pueda definir con exactitud lo que los sentimientos son. Puestos a lanzar hipótesis al aire, yo diría que existe una gradación en el alma del ser humano: primero es la sensación, la cual provoca una emoción, que a su vez nos lleva a un sentimiento. Esta gradación no sólo es temporal, sino que también se produce —en mi opinión— en una especie de estratificación: la sensación está a flor de piel, la emoción es más cerebral y el sentimiento florece en las profundidades de la mente, alma, o como quiera llamársele.
Si es difícil convenir una definición para los sentimientos, más difícil aún es identificarlos. Y si identificarlos resulta una tarea de locos, no digo nada expresarlos con palabras.
La expresión de los sentimientos vendría a ser como una profundización racionalizada en las emociones. Decir estaba feliz o estaba triste es muy fácil; lo complicado, y lo más valioso y sincero, es expresar el sentimiento real, oscuramente contradictorio —pues proviene de una mezcla de sensación física, emoción subconsciente y razón—, que subyace bajo tierra corno un león dormido. Todos tenemos sentimientos, pero hay que marearlos mucho para conseguir expresarlos. No basta con que el escritor se emocione o sienta lo que quiere escribir: ha de saber plasmarlo sobre el papel para que el lector, que no está en su pellejo, pueda sentir, a su vez, lo mismo. Así pues, no se trata de explicar los sentimientos, sino de que quien lea el texto experimente, a su vez, lo que se ha tratado de reflejar.  

Fragmentos tomados de Curso de escritura creativa. Isabel Cañelles Lopez. [info@escuelade escritores.com]                

10 de septiembre de 2014

RECURSOS - Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, de Juan Bosch

El cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.
Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.

"Importancia" no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento, porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases; pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema, o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior.

Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la "tekné" de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.

A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos, con números árabes, con signos algebraicos; pero tiene que llevar esa cuenta. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.

De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser "hermético" o "figurativo" como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.

El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses; un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas, no se logra en tan corto tiempo. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.

El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil, pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante, que no se logra sin disciplina mental y emocional; y eso no es fácil.

Fundamentalmente, el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentración y trabajo de análisis. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tensión como escribir.

El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chejov, que apenas lo usaron. "A la deriva", de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.

No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Kippling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.

La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el "había una vez" o "érase una vez". Esa corta frase tenía -y tiene aún en la gente del pueblo- un valor de conjuro; ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. En su origen, el cuento no comenzaba con descripciones de paisajes, a menos que se tratara la presencia o la acción del protagonista; comenzaba con éste, y pintándola en actividad. Aún hoy, esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. El antiguo "había una vez" o "érase una vez" tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kipling, de Sherwood Anderson, de Quiroga, quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.

Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la "tekné" del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.

Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta interior se agotó, les faltó la capacidad para elaborar, con asuntos externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento. No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir.

En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que la obra humana lo es.

La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material, escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir.

Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, "temas para novelas y cuentos" que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad. Ahora bien, si nadie debe intervenir en la selección del tema, hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad; que estudien concienzudamente el escenario de su cuento, el personaje y su ambiente, su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida.


Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo.